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5 años del papado de Francisco
Aunque por momentos el ruido de las urgencias locales devore la atención de los medios, conviene también recordar lo importante. El próximo martes cumple cinco años el pontificado de Francisco, el argentino Jorge Mario Bergoglio.

El 13 de marzo de 2013, con su consagración llegaba a la cátedra de San Pedro no apenas, como se dijo entonces, “un pastor de los confines”, no sólo el primer Papa no europeo, no meramente un cardenal latinoamericano muy singular, sino la encarnación de una visión renovada y abarcadora del catolicismo universal forjada en América Latina: la teología del pueblo desarrollada durante décadas (desde mediados de los años sesenta del siglo XX) por una corriente de pensadores laicos y sacerdotes que Bergoglio integró y algunos de cuyos nombres más destacados fueron Juan Carlos Scannone, Lucio Gera, Rafael Tello, Justino O’Farrell, Alberto Methol Ferré.

Para Austin Ivereigh, autor de una excelente (quizás la mejor) biografía del Papa (Francisco, el gran reformador), hay un “cambio de época en la Iglesia: el pontificado de Francisco es el primero de esa nueva época: la Iglesia latinoamericana se ha convertido en la fuente de la Iglesia universal”.

En aquellas reflexiones de la teología del pueblo estaba la semilla de enseñanzas y acciones que Francisco lleva adelante en su papado. Poniendo el centro en “las periferias” (de cada sociedad, del mundo en su conjunto) y proyectándolas al centro de la atención, propone una visión universal apartada de la indiferenciación y la homogeneización (pues el mundo “se configura dinámicamente en pueblos y culturas” legítimas y respetables, “por eso, debe siempre evangelizarse desde la cultura propia del pueblo destinatario”) y trabaja para “que surja una nueva civilización” que no niegue, sino que supere “ la modernidad, que integre los valores que ella ha aportado” pero en un nuevo marco, en un nuevo nivel. Que cuestione “la avidez consumista” y la pretensión de dominio de la naturaleza que destruye y provoca crímenes ecológicos”.

La primera encíclica de Bergoglio, en mayo de 2015, fue Laudato Si(«Alabado seas»), donde se observa que «no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental», por lo que reclama que debemos «escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres». En Laudato Si, Francisco realiza una crítica mordaz del consumismo y el desarrollo irresponsable y se introduce en la necesidad de una gobernabilidad mundial para encarar esa problemática global.

En estos cinco años, Francisco se ha transformado sin duda alguna en una figura de influencia y prestigio mundial: ha alzado la voz en defensa de los refugiados y migrantes, ha producido iniciativas de mediación y de paz en diferentes escenarios, ha impulsado el diálogo ecuménico con luteranos y ortodoxos, ha propiciado el encuentro de las grandes religiones monoteístas, ha puesto en movimiento a la Iglesia para recuperar su misión: salir de sí misma e ir a las periferias, construir puentes para dialogar, compartir y ayudar, especialmente con los más desfavorecidos de la sociedad.

Esa voz, que fue excepcionalmente acogida y escuchada en los poderosos ámbitos de grandes potencias y que es atendida inclusive en la China de Xi Jinping (en vías de cerrar una brecha histórica con El Vaticano), es la voz de un pastor de almas nacido y criado en la Argentina, seguramente el argentino más prominente de nuestra historia (aunque la miopía de círculos pequeños pero influyentes del país no consiga distinguir y reconocer esa realidad).

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