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IDEA, Macri y Bolsonaro ¿fascismo o derecha oligárquica semicolonial?

Introducir la confusión en las organizaciones del campo nacional, popular y democrático equivale a prestar una valiosa colaboración al enemigo. A veces, esto ocurre por la ignorancia y el bajo nivel político; la mayoría de las veces es por la deformación cultural que adopta esquemas foráneos e impide el pensamiento situado, genuino y transformador, imprescindible para la liberación continental, único vía para una Argentina inviable de no integrarse al proyecto suramericano.

Nos referimos a la tara permanente de buena parte del progresismo que ve en Bolsonaro y su partido al “fascismo”. Es un error teórico que conduce a la equivocación práctica en el terreno de la lucha política. En realidad, Bolsonaro es un gorila de derecha (también hay gorilas de izquierda). En otras palabras, se trata de un racista, clasista, apologista de la tortura y la represión contra los trabajadores y la opresión contra las mujeres.

En suma, nada diferente a la derecha golpista suramericana de toda la vida. Y, obviamente, un dulce amigo de la Embajada norteamericana, la CIA, y el capital extranjero, así como compinche agrandado de sus camaradas de alto rango del Ejército oligárquico e invitado poco agradable pero útil para el equivalente brasileño de la Unión Industrial y la Sociedad Rural.

Este librecambista, sojero y financiero nada tiene que ver con el fascismo como criatura histórica, salvo que se quiera privar a la crítica histórica de su potencial emancipador, confundir todo y debilitar al movimiento nacional.

A Bolsonaro hay que combatirlo como a Macri. Pues representan a la misma rosca oligárquica de bancos, sojeros y medios. Uno pertenece a los grupos empresarios contratistas del Estado; el otro, es un pequeño burgúes militar retirado y diputado desde hace casi tres décadas. Pero ambos integran la alianza antinacional, vendepatria y antisindical y antipopular protegida por Estados Unidos que ha reemplazado a los gobiernos “progresistas” de América del Sur, salvo a los más firmes y decididos en el camino de la revolución democrática: Bolivia y Venezuela. Los demás, han caído, a fuerza de golpes parlamentarios o por la vía electoral, siempre bajo la dictadura mediática y la utilización del Poder Judicial como instrumento golpista y represivo de dominación.

Por ello, reproducimos la columna de opinión de Claudio Scaletta publicada por Página 12 (21/10/2018). En ella, el autor atribuye el ascenso de Bolsonaro al ajuste iniciado por el Partido de los Trabajadores durante el gobierno de Dilma, al auge de la “antipolítica y de un Estado semifallido”; y caracteriza claramente al fenómeno:

El resultado no es precisamente “fascismo”, porque el modelo económico fascista era keynesiano, de pleno empleo, con Estado fuerte y anti liberal. Bolsonaro se asemeja más –aunque todavía no se lo vio gobernar– a una derecha autoritaria tradicional…

A lo que se suma, según el politólogo Eduardo Crespo “lumpenpolítica”. O sea, populismo de derecha, integrado por clases medias y desclasados aliados con la rosca dominante contra el movimiento obrero organizado y los partidos nacionales y populares en general.

Es decir, que no hay nada demasiado novedoso en Bolsonaro, más allá de la bancarrota del progresismo suramericano, más inspirado en la socialdemocracia europea o el Partido Demócrata de Hillary que en los movimientos nacionales antiimperialistas de América Latina.

De allí se desprende que la lucha contra Bolsonaro y el macrismo no es exclusivamente “antifascista” como dice el progresismo abstracto, sino una lucha histórica por la movilización democrática del pueblo conducida por un gran frente político anti macrista en la Argentina, y anti Bolsonaro y su eventual gobierno en Brasil./


Bolsonaro en IDEA

Los regímenes autoritarios son un riesgo para cualquier sociedad, pero no existe hoy la amenaza de un “Bolsonaro argentino”. Al menos por ahora. Más allá de las comparaciones rápidas, Brasil y Argentina son sociedades muy diferentes. Sin embargo, y a propósito de todo lo escuchado esta semana en el “Coloquio de IDEA”, existe una dimensión que explica la emergencia del nuevo autoritarismo brasileño y que fue poco abordada por los especialistas locales, más concentrados en los logros del primer PT y en la incredulidad moral frente a los retrocesos civilizatorios. Esta dimensión es la demonización sistémica de la política.

Si se acerca un poco la lupa a los resultados electorales brasileños aparecen dos cuestiones clave. La primera es que el último gobierno del PT, el de Dilma Rousseff, terminó mal con prescindencia de su destitución debido a que inició el ajuste que hoy, con el agregado de los dos años de Michel Temer, deprime la economía. Por eso, tras el golpe institucional, la defensa popular a Dilma fue inexistente y por eso los votos de Lula no se transfirieron al PT. La memoria popular es de corto plazo. La explicación económica termina aquí. La segunda cuestión fue que la demonización del PT emprendida por los medios de comunicación hegemónicos y el poder judicial con eje en el Lava Jato terminó desprestigiando no sólo al PT, sino al conjunto de la clase política, incluida la derecha tradicional del PSDB y el MDB, es decir al conjunto de los principales partidos. Si a eso se le suma el deterioro de las funciones del Estado, especialmente en materia de seguridad, el fenómeno Bolsonaro surge casi por sí sólo. El huevo de la serpiente es la suma de antipolítica más demanda de orden frente a un Estado semi–fallido. El resultado no es precisamente “fascismo”, porque el modelo económico fascista era keynesiano, de pleno empleo, con Estado fuerte y anti liberal. Bolsonaro se asemeja más –aunque todavía no se lo vio gobernar– a una derecha autoritaria tradicional, a lo que se suma, según señala el economista y politólogo de la UFRJ, Eduardo Crespo, al ascenso de la “lumpenpolítica”, un panorama que desespera al establishment brasileño y a sus medios de comunicación, quienes procesan como extraer las proteínas del sapo que deben digerir.

Mientras esto sucede en la primer economía de la región, en el Coloquio anual de IDEA realizado esta semana en Mar del Plata uno de los temas principales fue el affaire de las fotocopias de los cuadernos, el mini Lava Jato local, proceso que al día de hoy tiene a muchos arrepentidos en trance de arrepentirse de haberse arrepentido.

La preocupación empresaria por la pureza moral es notable desde varios puntos de vista. El primero es que la corrupción política siempre es, por definición, “político–empresaria”. Se trata de una relación polar, de una transacción. Alguien aporta y alguien recibe. Sus límites son también difusos. Los recursos involucrados pueden financiar el ascenso de candidatos “propios” o aceitar sobreprecios y participaciones en la obra pública, dato que conduce sin intermediaciones a la patria contratista que refulge en el ADN cambiemita. Los matices y los claroscuros son infinitos.

Que los emergentes empresarios posen para dar lecciones de moral a la sociedad o pongan caras puras de “yo no fui, los malos son los otros” resulta tan incompleto como irritante. Por si faltase algo, Mariano Federici, titular de la UIF, calificó a los gobiernos kirchneristas como “una organización criminal”. Nótese que si el adversario político se reduce a un delincuente la democracia desaparece y la lucha pasa a ser entre el bien y el mal absolutos. Más antipolítica no se consigue. Vale recordar, para completar la pintura, que Federici, a cargo de un organismo que debe controlar el lavado de dinero fue denunciado por tener activos en paraísos fiscales. Sin remate.

También resultó irritante que luego de una devaluación que superó picos del 50 por ciento en lo que va del año y que acumula alrededor del 75 por ciento desde que asumió Mauricio Macri (es decir un aumento del precio del dólar del 300 por ciento, el mismo salto que se produjo tras la salida de la convertibilidad), personajes como el presidente de FIAT, Cristiano Rattazzi, afirmen sueltos de cuerpo que la cotización de la divisa en torno a los 38 pesos, sostenida gracias a tasas de interés astronómicas, resulta insuficiente para exportar. Quizá el inefable dandi italiano debería consultar a Toyota como consigue aumentar persistentemente sus ventas externas, pero mejor no derivar. El punto es que la potente devaluación es una de las causas principales de la inflación. Uno de los grandes logros de Cambiemos consistió en alentar la dolarización de la economía. No sólo se aumentaron las tarifas de los servicios públicos y los combustibles, sino que sus precios se dolarizaron. Así las tarifas no solo funcionan como mecanismo de transferencia de ingresos de los usuarios y consumidores a las empresas, sino también como instrumento de indexación semi–automática.

En paralelo, mientras todos los precios de la economía se ajustan con el dólar, el restante gran logro de la Alianza gobernante fue reducir a la mitad los salarios en divisas. Para los empresarios de IDEA, sin embargo, tampoco fue suficiente. Como dijo Macri, nadie debe “cobrar por su salario más de lo que vale”. El siguiente paso, entonces, es reducir derechos. El rezo laico de la reforma laboral fue la música que el ministro consultor Dante Sica volvió a tocar para la platea. El objetivo, dijo, es “mejorar la competitividad”.

A la luz de los discursos, nunca más oportuno el lema ultra individualista del encuentro: “Soy yo y es ahora”. Aunque más ajustado hubiese sido “Soy yo, solamente yo y es ahora o nunca”, pero era demasiado largo. (P/12)

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