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Cambio de época

Compartimos la nota de Diego Rubinzal en donde explica el “cambio de época” que vivió América Latina como por ejemplo con los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela o Néstor Kirchner en Argentina en donde promulgaron una mejor distribución de la riqueza y llevaron a cabo políticas de integración latinoamericana. Sin embargo la restauración conservadora se abalanzo contra dos países estratégicos: Brasil y Argentina, y seguirá intentando hacer lo mismo con Venezuela. RIN


La crisis del proyecto neoliberal y la debacle económico–social sentó las bases para el acceso al gobierno de líderes de cuño centroizquierdista en América latina. Ese fue el caso de Hugo Chávez (1998), Lula da Silva (2002), Néstor Kirchner (2003), Tabaré Vázquez (2005), Evo Morales (2005), Rafael Correa (2006) y Fernando Lugo (2008). Rafael Correa caracterizaba esa etapa diciendo que “América latina no vive una época de cambios, sino un cambio de época”.

El triunfo electoral de Mauricio Macri, junto con la destitución de Dilma Rousseff, inauguró un escenario distinto. El investigador del Centro Cultural de la Cooperación (CCC) Pablo Wainer sostiene en La recomposición conservadora que ese proceso “expuso la naturaleza de la disputa: las clases dominantes se mostraron dispuestas a retomar el poder político dando pocas concesiones a los gobiernos progresistas, aun cuando estos pudieran esgrimir voluntad de consensuar agendas más centristas”.

La restauración conservadora avanza, a diferente ritmo, en los dos países más importantes del continente. El gobierno brasileño marcha a la delantera impulsando una agenda privatizadora radical que completa los “logros” ya obtenidos: aprobación de una regresiva ley laboral, congelamiento presupuestario en salud y educación por dos décadas, cambios regulatorios pro–empresarios para facilitar la explotación de hidrocarburos de las reservas presal, facilitar la extracción minera en áreas declaradas de preservación ambiental.

La consolidación de la derecha continental todavía está por verse. En la Argentina, el oficialismo salió fortalecido en las recientes Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), aunque lejos estuvo de ser una “imparable ola amarilla”. En Brasil, el único “galardón” que puede exhibir Michel Temer es ser el presidente más impopular de la historia.

El (des)trato de sus pares en la cumbre del G20 es ilustrativo de que cómo el descrédito atraviesa las fronteras. La contracara de ese desprestigio es la creciente popularidad de Lula. La implacable persecución judicial no logró sacar fuera de juego al líder del Partido de los Trabajadores. Las impresionantes repercusiones de su gira nordestina lo confirman. Por otro lado, la mayoría de los sondeos de opinión revela que Lula se impondría en segunda vuelta electoral contra cualquier contrincante.

El fallecido intelectual Marco Aurelio García profetizaba que el “neoliberalismo recargado” no tendrá un ciclo histórico largo. “Por lo menos en Brasil, para el sector financiero–empresarial que sostiene a Temer e impulsa sus contrarreformas hay un plazo corto y una fecha de caducidad, las próximas elecciones en 2018”, precisaba García.

Las cosas tampoco marchan bien para el neoliberalismo peruano. El perfil del equipo ministerial de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) es muy similar al de Macri: poblado de CEOs y tecnócratas neoliberales. En julio de 2016, el presidente de una de las más importantes entidades patronales peruanas, Martín Pérez, había señalado que “el nuevo gabinete abre un espacio de esperanza y confianza para las expectativas empresariales”.

Los resultados no fueron los esperados: la aprobación de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) cayó del 62 al 19, en poco más de un año de gobierno. El presidente se disculpó por haber subestimado “una tarea titánica”. PPK admitió que había aprendido que gobernar “no es tan fácil”. Similar al postulado macrista acerca de “estamos aprendiendo sobre la marcha”.

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