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Crisis dirigencial y reforma laboral II

En una nota anterior vinculada al mismo tema citábamos a Abós caracterizando la relación existente entre un gobierno oligárquico y la CGT. Los intentos de pactos y, en caso de fracasar,  la represión eran las dos estrategias tomadas por los distintos gobiernos liberales -en economía- con el principal gremio de los argentinos.

Nombramos también “internas” de la CGT -y del gremialismo en general- que algunos caracterizan entre “combativos” y “acuerdistas”. La mayoría de estas opiniones tienen una clara intención política -desde la ultraizquierda y la derecha- o bien, manifiestan una supina ignorancia sobre lo que significa estar al frente de un sindicato jaqueado por el mismísimo gobierno. O ambas a la vez.

Lo cierto es que la crisis dirigencial en la política sindical no radica en la buena o mala intención de un hombre si no en la vinculación de este con sus representados y con la organización que lo hizo dirigente. Veamos.

Un punto de inflexión, sin duda alguna, fue la última dictadura cívico militar. La persecución, tortura y desaparición de numerosos dirigentes sindicales instaló en miles de argentinos un terror desmoralizante y finalmente paralizante. Solo aquellos que poseían una clara conciencia política de lo que sucedía y vislumbraban el posible ocaso pudieron encabezar las huelgas que terminaron preocupando al gobierno de facto.

Otro momento relevante es el menemismo. La modificación del entramado productivo consecuencia de la puesta en práctica del Consenso de Washington y la frivolidad reinante después del terror de la hiperinflación produjeron dirigentes sindicales que, aprovechándose de la actitud “acuerdista” del gobierno, se hicieron empresarios. Sus intereses, entonces, ya no comulgaban con el de sus representados, salvo para mantenerlos como votantes y legitimar el negocio.

En ese marco los gremios estatales “de cuello blanco” se posicionan en las antípodas del gobierno y nace la CTA y CTERA. La crisis de la producción y el ajuste al empleado estatal, el detrimento moral y edilicio de la escuela pública -símbolo de la democracia en nuestro país- hicieron más sencillo vincular la situación del momento con el responsable. El Gobierno, y su política económica, el Estado y su patrón eran una sola y misma cosa. Sus dirigentes podían no ser peronistas y vincularse actualmente, con el kircherismo, el progresismo y la ultraizquierda.

A la fecha, estos gremios volvieron a posicionarse en estado de “alerta y movilización”. Mientras que la CGT permanece conversando y analizando la inminente reforma laboral. “No vamos a rehuir el diálogo, pero tampoco vamos a aceptar cambios sobre la ley de contrato de trabajo que plantean una flexibilización importante” dijeron desde la CGT, mientras se informaba que la terciarización y las indemnizaciones son, además, los factores que alejan el acuerdo. El instinto adquirido por la historia política argentina le hace saber a sus dirigentes que el peligro de las conquistas laborales y fundamentalmente el derecho que los protege está a la vuelta de la esquina.

A nadie le simpatiza trabajar más y cobrar menos, empapados de miedo ante posibles despidos con indemnizaciones indignas. Es un esfuerzo que, saben, es muy “unilateral”; pues del otro lado, en algún banco, en alguna multinacional o en un paraíso fiscal, alguien se suelta el cinturón para seguir engordando mientras exige que aquí los ajustemos cada vez más.

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