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Geopolítica del FMI “bueno”

“¿Acaso no ha cometido un error el FMI exigiéndoles demasiada austeridad a los países latinoamericanos?, le pregunté a Lagarde. “No quiero reescribir la historia, pero sí le diré una cosa: creo que ahora prestamos más atención a la población más expuesta -respondió-. En los programas que diseñamos ahora tenemos más redes de seguridad social, nos concentramos más en los que tienen menos y deben ser protegidos.” La deuda del FMI con América Latina, Andrés Oppenheimer.

El olvido de los sucesos recientes y remotos es una estratégia pergeniada por quienes dominan a los pueblos para que estos puedan repetir su historia, su fracaso, nuevamente. No es un mal que aqueje al imperialismo: ni a los Estados en donde atiende ni a las intituciones política financieras con las que hace negocios. El FMI aprendió que ser “bueno” es mas conveniente que ser malo.

Con la crisis de deuda generada en los 80 en toda América Latina y su eventual “resolución” -con los planes Brady y similares- los organismos internacionales, al amparo del Consenso de Washington, se convirtieron en los culpables visibles de las debacles tipo 2001. La factura se pasó unos años después: se pagaba la deuda (Lula Da Silva y Nestor Kirchner) y se gritaba ¡ALCA-rajo! en la cara del presidente norteamericano. Se tomó debida nota.

En su columna dominical Morales Solá desnuda el pensamiento geopolítico del imperialismo: harían cualquier cosa para que no vuelva el “populismo” -palabra que se utiliza para denostar a los gobiernos populares-. Dice: “Mauricio Macri es una excepción (junto con el chileno Sebastián Piñera) en una América Latina amenazada por nuevos populismos (México y Colombia) o por intensos procesos de inestabilidad (Perú y Brasil, claramente). Ese paisaje de la política continental permite comprender por qué la Argentina recibió la ayuda financiera más importante de su historia”.

 

Se refiere, está claro, a la imposibilidad política de Temer y sus aliados de poner al próximo presidente y dejar enterrado en un cementerio de olvido a Lula o de la incapacidad para mantener a un hombre del Banco Mundial, Kuczynski en la presidencia. Nada dice de la estabilidad de Evo Morales y las victorias que Maduro tiene en un país en crisis. Además, de la estrepitosa caida en la imagen positiva de Mauricio Macri y del amplio rechazo que el FMI tiene en nuestros pagos.

“¿Aguantaría la sociedad y la política semejante estremecimiento?[…] Las limitaciones de la política (de la política electoral, sobre todo) le impedían avanzar hacia un gradualismo más acelerado en la reducción del déficit.[…]En síntesis, el gasto social es un rubro intocable”. Al FMI bueno le conviene poner el presidente en las próximas elecciones, mas allá que se juegue, con la calculadora, mas guita (ver figura 1). En el Fondo, lo que aprendieron a usar -mejor- es la calculadora política. ¿se imaginan a los gobiernos populares tomando las riendas de estados tan importantes -en términos económicos, poblacionales, y territoriales- como Brasil o Argentina?

En los cálculos entra tambien la política con los aliados posibles. En una comparación un tanto caprichosa Fontevecchia nos dice “a los intentos de golpes militares en Sudamericas se los derrotó porque se unieron Alfonsín y el peronismo renovador […]para derrotar los intentos de regreso del populismo se tendrían que unir Cambiemos y el peronismo no Kirchnerista”. En ese marco es que se ofrece el Gran Acuerdo Nacional y tiene una similitud importante con el anterior: ambos buscan aislar la fuerza mayoritaria que pueda nacer desde el campo nacional.

Los deberes de Cambiemos para con el FMI, entonces son: dividir a posibles aliados del “populismo”, frenar la calentura en los sectores desprotegidos, o almenos desacelerarla, esterilizar los reclamos de la CGT. Y ganar las elecciones, que estos del FMI serán “buenos”, pero no boludos.

Referencias:
1. Era el FMI o un ajuste brutal. J. Morales Solá, Diario La Nación, junio de 2018
2. Geopolítica. Jorge Fontevecchia, Perfil 10 junio de 2018
3. La deuda del FMI con América Latina, Andrés Oppenheimer, Diario La Nación. 12 de noviembre de 2013

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