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Justicia Social, Doctrina Social de la Iglesia y movimiento nacional

 

«La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común»

Papa Francisco

«Por eso Jesús, en quien Dios se encarnó como hijo de obrero en un país expoliado por un imperio, los hizo a esos explotados los destinatarios preferidos de sus mensaje de redención»

Arturo Sampay

En momentos en que recrudece la agresividad de las potencias contra los países semicoloniales, y la economía mundial controlada por el capital financiero condena a la mayor parte de la humanidad al hambre y la miseria, el Papa Francisco difunde constantemente un mensaje de paz y justicia. Además, asume la defensa del agua, la tierra y el aire; y se dirige una y otra vez a los trabajadores y a los pueblos, actualizando la «Doctrina Social de la Iglesia» a nuestra época. Ya el general Perón decía que «la Doctrina Social de la Iglesia es nuestra doctrina», y denominó «justicialista» a su movimiento de masas. Pero ¿qué es esta doctrina? ¿Cuáles son son fuentes?

La Doctrina Social de la Iglesia (en adelante DSI) es un «conjunto de normas y principios referentes a la realidad social, política y económica de la humanidad basados en el Evangelio y en el magisterio de la Iglesia católica» [1] y emana, entre otros documentos, de las célebres encíclicas papales iniciadas por León XIII en 1891 con la Rerum Novarum (Encíclica sobre la cuestión obrera); siguiendo la Quadragesimo Anno (1931) de Pío XI; la Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963) ambas de Juan XIII; Populorum Progressio (1967) de Paulo VI; Laborem Exercens (1981) de Juan Pablo II. También se destaca la constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II. Más recientemente, podemos incluir los aportes de Francisco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013) y la encíclica Laudato Si (2015).

El pensamiento jesuita como fuente

La DSI abrevó en diversas fuentes, pero una es fundamental: la obra del jesuita Luigi Taparelli D’Azeglio, notable jurista y teólogo italiano del siglo XIX, quien elaboró al categoría de «justicia social», a partir de las nociones aristotélicas y tomistas de «justicia» (justicia como virtud, y su doble carácter: distributiva y conmutativa), y las aplicó a la «cuesión social», la que, junto a la «cuestión nacional», son los grandes asuntos de la era contemporánea desde la era industrial y las revoluciones burguesas.

Escribe Taparelli: «Justicia social es para nosotros justicia entre hombre y hombre. ¿Pues qué proporciones median entre hombre y hombre? (…) Hablo aquí del hombre en abstracto, es decir, del hombre considerado cuanto a las solas dotes que entran en la idea de la humanidad. (…) Es claro que entre hombre y hombre la relación que media es la de perfectísima igualdad; (…) de donde tengo que concluir que la justicia social debe igualar de hecho a todos los hombres en lo tocante a los derechos de humanidad, como el Creador los hizo iguales en naturaleza». [2]

Esta idea de «perfectísima igualdad» resuena en Perón: «Para el justicialismo, no existe más que una sola clase de hombres: los que trabajan». La posterior Laborem Exercens y su concepción del trabajo humano reforzarán estas resonancias.

Para aquilatar las palabras de Taparelli apropiadamente, el lector recuerde las horrendas condiciones de explotación de los trabajadores, hombres, mujeres y niños, en las fábricas inglesas, descritas por Federico Engels y Carlos Marx (El Capital, Tomo I). Y si no quiere irse tan lejos, tenga en cuenta los talleres clandestinos de la Primera Dama argentina, en pleno siglo XXI.

Taparelli, junto a Carlo María Curci, fundaron «La Civiltà Cattolica», que es la revista de combate doctrinario y político de la Compañía de Jesús. Desde sus páginas combatieron a la masonería liberal y defendieron la causa del Papa y los Estados Pontificios, que desaparecieron al lograrse la unidad italiana. Los jesuitas constituían un auténtico «ejercito clandestino» del Papado en una lucha trisecular frente al triunfante Estado nacional moderno, surgido primero por impulso del absolutismo, y luego por la burguesía liberal. En el siglo XIX, mantuvieron un doble enfrentamiento contra el liberalismo y el nacionalismo italiano. Si bien la oposición a la unidad italiana era profundamente antihistórica en pleno siglo del «movimiento de las nacionalidades», donde por todo el continente los estallidos sociales asumían el carácter de revoluciones nacionales, la lucha teórica y política de los jesuitas contra el liberalismo (que es la ideología de la burguesía) una reorientación de la Iglesia, una vez disuelta como Estado en 1870, hacia los clases populares y los pueblos oprimidos, abandonando poco a poco los compromisos con las clases dominantes, como ocurría desde tiempos del emperador Constantino.

Reorientación de la Iglesia y fin de la «era constantiniana»

Así, a treinta años de la muerte de Taparelli, el Papa León XIII, publicaba el texto fundacional de la DSI en 1891. El cambio de rumbo fue significativo y dio inicio a un proceso que cierra el Papa latinoamericano Francisco. Si la Iglesia medieval -el mayor terrateniente de Europa- era una sombra, los Papas del siglo XIX tuvieron una política vacilante ante el triunfal avance de la burguesía, enfrentándola a veces, o entrando en penosos compromisos con la misma y haciéndolo penosas concesiones ideólógicas (siguiendo la huella del abate Saint Pierre).

El surgimiento de la DSI interrumpe ese curso pone a la Iglesia, ahora convertida en gran poder cultural e ideológico de alcance mundial, a tono con los tiempos; la Rerum Novarum hiela la sangre en las venas de los grandes capitalistas al exigir salarios justos y alentar el sindicalismo de la clase trabajadora, al mismo tiempo que horroriza al catolicismo liberal y a los sectores ultrarreaccionarios católicos vinculados a los restos del Antiguo Régimen.

Pio XI en la Quadragesimo Anno (1931) dice: «A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados.»

A partir de este documento, la propiedad privada, que es lo único sagrado para el capital, es cuestionada por el magisterio de la Iglesia invocando, no sólo el aristotélico-tomista «bien común», sino la «justicia social» de Taparelli.

El constitucionalismo social, el derecho laboral y el «Estado de bienestar» europeo tomarían para sí la noción de «justicia social». La socialdemocracia europea y el laborismo británico de origen fabiano se servían del concepto. Incluso el liberalismo utilitarista de John Stuart Mill lo incluyó en su pensamiento. Sin embargo, no es ni la socialdemocracia (izquierda populista del capital financiero), ni mucho menos el liberalismo de Mill (reducido a una suerte de «ingenuidad» de la adolescencia histórica de la burguesía), el cuerpo ideológico que inspirará a los grandes movimientos nacionales como el peronismo.

Del Vaticano II al Papa Francisco

Tras el fin de la guerra inter imperialista en 1945, un verdadero terremoto histórico conmueve al mundo: los pueblos coloniales y semicoloniales se levantan contra la dominación de las potencias y buscan un destino independiente: la Tercera Revolución China de Mao, la lucha de Ho Chi Minh en Indochina, Gandhi y Nerhu en la India británica estremecen Asia; las revoluciones árabes al Cercano Oriente; en América Latina surgen los movimientos nacionales con renovada fuerza: peronismo, varguismo, ibañismo, MNR en Bolivia, Arévalo y Árbenz en Guatemala, entre otros. África da sus primeros pasos hacia la independencia, que lograría dos décadas más tarde.

El mundo del Papa Juan XXIII vivía la «guerra fría» entre la Unión Soviética y los EE.UU, a los que se oponían los Estados del «Tercer Mundo». En ese marco, la Iglesia se deshizo del latín medieval en los oficios y se lanzó al encuentro de los pueblos oprimidos. Si la DSI en sus inicios causó conmoción, el Concilio Vaticano II provoca estupor entre los defensores del capitalismo monopolista: el Concilio «legitima lo peculiar de los regímenes socialistas que es la transformación de los medios privados de producción en bienes públicos». [3] Como explica el doctor Arturo Sampay, inspirador de la Constitución peronista de 1949, el Vaticano II concuerda con el derecho público revolucionario que las expropiaciones y nacionalizaciones deben ser adecuadas a la situación del fisco, a la del propietario y al grado de interés público que motiva la medida. Incluso acepa la expropiación sin indemnización, la expropiación-sanción de alcance general, que son legítimas cuando «reparan daños históricamente incontestables ocasionados a la sociedad por determinadas especies de propietarios». Concretamente, un país débil que lucha por su independencia económica y política está legitimado para llevar a cabo ciertas transformaciones del régimen de propiedad, expropiando los bienes de acuerdo a la «equidad» y no a la indemnización «justa y previa» del dogma del constitucionalismo liberal burgués.

Juan Pablo II proclamó que el trabajo «es el gran y fundamental derecho del hombre» y en la Laborem Exercens, ratifica que el trabajo humano no es mercancía, porque la persona humana no puede ser «considerada como un instrumento de producción» y defiende la «preeminencia del significado subjetivo del trabajo sobre el significado objetivo», porque el hombre es más importante que las cosas que produce y proyecta en ellas su personalidad. Pero, para realizarse mediante el trabajo creador y humanizador, lo primero es tener trabajo; por ello el Estado debe asegurar el derecho al trabajo. El «gobernar es dar trabajo» de Perón se inscribe en ese sentido.

Francisco, el Papa argentino y peronista, en la Evangelii Gaudium profundiza la «opción preferencial por los pobres», pero ya no como una mera política social sino como el fundamento mismo de la comunidad política. Retoma toda la reflexión de la DSI sobre la solidaridad y el bien común, pero desde el punto de vista de los pobres, que cada día son más debido a la crisis económica causada por el «ídolo dinero». En la Laudato Si pide sustituir la dádiva por la creación de puestos de trabajo y defiende el agua, la tierra y el aire, como bien de la Humanidad, denunciando que «Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común (…) Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas». En recientes intervenciones públicas, el Papa completa las ideas sociales de la Iglesia al caracterizar como «pecado» del católico que tiene empleados en negro, o el cierre de fábricas que provoca desempleo.

Para concluir, vemos que la era constantiniana de la Iglesia Católica está concluyendo. La Unión Europea, dominada por el gran capital financiero, marcha hacia su desintegración al oponerse a los derechos sociales de sus propios pueblos y agravar, junto al poder financiero norteamericano, la concentración mundial de la renta en pocas manos, condenando al resto de la humanidad a la miseria y al atraso. En ese sentido, la Iglesia abandona su compromiso con Europa y se vuelca hacia América Latina y los pueblos atrasados del mundo semicolonial, ya que reconoce, no sin buen criterio, que a las masas populares, trabajadoras y los movimientos nacionales de cada uno de esos países, corresponde el llamado de la Historia a construir un mundo de sociedades más justas, donde, como decía Perón «Las instituciones que quieran mantener en cerco de sus antiguos privilegios y niegan la realidad del pueblo impidiéndole que penetre en sus cuadros directivos, serán destruidas por la avalancha de las masas que surgen desde el principio de la historia por caminos de sangre y dolor, pero como una marea incontenible de libertad y justicia. (…) En nuestros tiempos se cumplirán inexorablemente las palabras de Cristo y serán bienaventurados los que tengan sed de justicia porque ellos serán saciados; ¡saciados de justicia en la plenitud de su realidad!»


Referencias

[1] Pontificio Consejo « Justicia y paz ». Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Cap. III, 104», www.vatican.va

[2] Ensayo teórico del derecho natural fundado sobre los hechos, Livorno, 1843. El capítulo 3 del libro 2º se titula «Nociones del derecho y de la justicia social».

[3] SAMPAY, Arturo, El Concilio Vaticano II y los regímenes económicos socialistas, en Introducción a la Teoría del Estado, Ed. Theoria, Bs. As., 1994, pág. 554 y 555.

Dr. Gabriel Delgado
Abogado y profesor.
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