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La lucha revolucionaria de Manuel Belgrano

“El bien público estaba a todos instantes a mi vista.”

M. Belgrano, Autobiografía

Belgrano fue hijo de un comerciante monopolista de Buenos Aires, que empleó su riqueza para dar a sus hijos la mejor educación de la época. Manuel aprendió las “primeras letras”, latín, filosofía y algo de teología en su ciudad natal. Luego, pasó a España para estudiar leyes en la Universidad de Salamanca; también cursó en Madrid y se graduó en Valladolid.

Se contrae al estudio de las lenguas vivas, la economía política y el derecho público. Lee en sus idiomas originales, traduce y comenta a los principales autores del pensamiento económico de la época: de Quesnay a Adam Smith. Se impregna de las ideas de los grandes publicistas españoles, principalmente Jovellanos , quienes predicaban la modernización de la devastada economía y la putrefacta sociedad española, atrasada por siglos de parasitismo de los nobles y el clero, y del reinado de una dinastía extranjera que empleó el oro de América para pagar sus guerras de religión y engrosar las arcas de banqueros, comerciantes e industriales flamencos, ingleses, franceses y alemanes, destruyendo su industria nativa.

En esos claustros universitarios conoció a “los hombres amantes del bien público que me manifestaron sus útiles ideas”, según cuenta en su autobiografía. En la España conmovida por los sucesos de la Revolución Francesa, nacía en el joven suramericano la pasión por la cosa pública. En sus palabras: “se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad y propiedad, y sólo veía tiranos” en los enemigos de los Derechos del Hombre y del contrato social.

oncluidos sus estudios, será nombrado Secretario del Consulado de Buenos Aires, y desde ese importante puesto público comercial, con sólo veintitres años, desarrollará una conciencia singular de los problemas del Virreinato, adoptando una visión panorámica del Imperio hispano-americano.

Cuando concluía el siglo XVIII, Belgrano exponía su pensamiento económico; Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria, proteger el comercio en un país agricultor es una pieza básica para la comprensión del mismo. Años después, cuando las banderas inglesas flameen en el Fuerte de Buenos Aires, el secretario consular se niega a jurar obediencia a los invasores británicos y pasa a la Banda Oriental. Mientras tanto, la burocracia virreinal, la alta jerarquía eclesiástica y la pandilla de comerciantes porteños, además de los demás miembros del Consulado, besan los pies de Beresford. Los oficiales ingleses se alojan en “casas de familia” y se pasean por la actual Plaza de Mayo, acompañados por señoritas de alta sociedad.

Pero la respuesta popular no se hace esperar; los negros y mulatos se muestran levantiscos; como respuesta Beresford refuerza la esclavitud. Días después, las fuerzas de Liniers y Álzaga, rodeadas de la plebe de Buenos Aires avanzan triunfantes por la futura Plaza de Mayo y somete a las tropas de Su Majestad. Mujeres como Manuela Pedraza, que despacha a un inglés con sus propias manos, y niños, como Juan Manuel de Rosas, de sólo 13 años, participan en la histórica Reconquista.

De estos episodios sacará Belgrano una valiosa conclusión política: “el comerciante no conoce más patria, ni más rey, ni más religión que su interés”, dice en su célebre autobiografía , identificando en el comercio de importación porteño, al principal enemigo interno de la libertad y la independencia de Suramérica.

Cuando se produce la crisis de la monarquía española y la bota napoleónica aplasta la península, Belgrano participa del “carlotismo” y luego intenta convencer a Liniers para que desconozca a Cisneros como nuevo virrey; Belgrano entiende que la Junta Central es un gobierno ilegítimo y no puede designar los gobernantes de América. En su mente ya estaba la idea de la emancipación.

Participa de las ardientes jornadas de mayo de 1810. El 25 integra, en calidad de vocal, nuestro primer gobierno patrio, presidido por Saavedra y con Mariano Moreno como secretario. Éste último lidera la primera tendencia auténticamente nacional de la política rioplatense y elabora el Plan revolucionario de operaciones, donde proyecta un esquema de defensa política y militar de la revolución, sustentado en la vigorosa intervención del Estado en la economía. Belgrano es quien, con toda seguridad, sugiere a Moreno el nombre de Artigas como hombre útil a la causa de la Junta. Pero el gobierno morenista se desprende de sus mejores hombres poniéndolos a cargo de los ejércitos del Alto Perú (Castelli) y Paraguay (Belgrano). Moreno queda aislado en el poder y cae. Luego es enviado a Europa y asesinado en alta mar.

Desaparecido Moreno, muerto Castelli, la revolución pierde impulso y el Triunvirato dominado por Rivadavia se sujeta a la política británica que, aliada al absolutismo español, no desea independencias. Belgrano, a orillas del Paraná, en el Rosario, donde ha levantado defensas contra los realistas de Montevideo, reacciona contra la actitud del gobierno y enarbola por primera vez la bandera azul y blanca el 27 de febrero de 1812.

Volvería a izarla, a pesar de la reprimenda oficial, el 25 de mayo de 1812 ante sus tropas y el valeroso pueblo jujeño quien, a diferencia de la alta clase comprometida con los godos, entra en la historia por el éxodo que priva a los realistas de recursos. Es el pueblo humilde quien se sacrifica para sostener la libertad.

Llamado despectivamente “caudillo” por los realistas, Belgrano recibe el apoyo entusiasta de los tucumanos y contrariando las órdenes de repliegue que le dictaba el triunvirato, desobedece y aplasta a los realistas en la batalla de Tucumán, a pesar de estar en desventaja numérica. Poco después, vuelve a derrotarlos en el combate de Salta; pero es humanitario con los vencidos y se gana el respeto y reconocimiento de los enemigos.

Se interna en el Alto Perú y coordina el esfuerzo guerrero con los jefes del pueblo en armas como Manuel Padilla y Juana Azurduy. Pero la renuencia a colaborar de los terratenientes altoperuanos sumada a su falta de preparación militar le lleva a cometer errores que costaron dos severas derrotas: Vilcapugio y Ayohúma. Se pierde el territorio altoperuano, que no fue emancipado sino hasta 1824 por el ejército colombiano mandado por Sucre.

Los años 1814-15 toman un cariz preocupante para la revolución: repuesto en su trono, el repugnante Fernando VII se prepara para recuperar sus dominios. En ese contexto, Belgrano buscará soluciones monárquicas para sostener la emancipación y evitar las precoces tendencias separatistas. Así se entiende su misión secreta en Europa, como luego su célebre fórmula de monarquía incaica.

Encargado nuevamente del Ejército del Norte, presiona y obtiene, junto a San Martín, Güemes y Artigas (que no participaba del Congreso pero coincidía en el reclamo), que los congresales de Tucumán declaren el 9 de julio de 1816 la independencia de las “Provincias Unidas en Sud – América” del trono español y “de toda otra dominación extranjera”.

Auxilia a Güemes, como parte del Plan sanmartiniano. Quiere impedir la guerra civil entre los Pueblos Libres y la astuta Buenos Aires, pero su esfuerzo es insuficiente ante la avaricia porteña, que pretende el monopolio de la renta aduanera en perjuicio de la Nación, abandona a Artigas frente al invasor portugués y gestiona la venida de un ejército francés para exterminar a los caudillos.

El Directorio le ordena – al igual que San Martín – reprimir a los federales con su ejército. El capitán de los Andes desobedece. Belgrano cumple a medias, avanza pero delega el mando. Pero es tarde: las tropas se amotinan en Arequito y se dispersan. Los jefes litorales triunfan en Cepeda y el Directorio cae del poder.

A esa Buenos Aires caótica llega enfermo de muerte. Se aloja en la casa paterna; carece de bienes y de todo tipo de recursos. Había donado sus sueldos y premios para sostener escuelas: entendía que la educación era la garantía de la libertad. El médico que lo atiende en sus últimos momentos se niega a cobrarle; don Manuel le entrega su único objeto valioso: su reloj. Fallece el 20 de junio. La agitada ciudad no toma nota de su muerte, ocupada como está en preservar su aduana. Lo sepultan en Santo Domingo, donde se preservan los estandartes británicos capturados en 1806-07. Desde entonces, descansa entre las calles Belgrano y Defensa y su memoria perdura entre los argentinos, quienes lo recuerdan con un amor tan grande como el corazón de Manuel Belgrano.

Dr. Gabriel Delgado
Abogado y profesor.
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