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La malintencionada confusión de populistas y populares

Si hay un calificativo confuso en los análisis políticos, es el término populista. Y no menos olvidado es el de popular.

En numerosos artículos son populistas Trump, Lula, Berlusconi, Evo y muchos más. ¿Cómo pueden ser figuras tan distintas caber en la misma definición? Ante tamaña amplitud (y sinsentido) cabe primero aclarar los tantos.

Típicamente las notas de opinión en los grandes medios expresan al populismo como una forma de gobierno que se contradice con la típica “democracia liberal”. Mientras la última protege sobre todo a los derechos individuales y las instituciones, el populismo es la opresión del dictador amparada en la manipulación de la población. De esta manera se convirtió en el nuevo término para definir una demagogia.

¿Pero cómo se puede usar el mismo calificativo para aquellos que bombardean pueblos y los que alimentan al suyo propio?

La confusión no es hija de la ignorancia sino del interés. Desde la gran prensa y la universidad se ha calificado de populista a todo personaje que se quiera desacreditar. De esta manera todas las políticas que lleve a cabo el típico “caudillo” no están hechas para beneficiar a la población, sino para la consolidación de su poder. El uso tan vago de términos como populista sería imposible si no fuera por el amplio desconocimiento de los intereses en punga.

De esta manera la prensa parte del capital financiero califica de populista a Trump por proteccionista. No porque a ellos les interese la paz mundial, la justicia social o los inmigrantes en EEUU, sino porque ha puesto en el centro de sus políticas a la industria yanqui, lo cual le resta recursos a la especulación financiera internacional. De este lado del mundo, miramos con gracia las peleas internas de las facciones del imperialismo norteamericano.

Ahora bien en países víctimas de la intriga de las potencias, el término populista se le ha achacado a  todo aquel que no sea un adicto al Departamento de Estado o las embajadas europeas. Cada vez que surge una figura que cuestione la distribución de la renta nacional o denuncie el papel de las multinacionales en el saqueo nacional, la prensa del capital concentrado descarga ríos de tinta contra el nuevo populista. El caso más reciente es el del presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador.

Representantes como éste no responden a la manipulación de la opinión pública, de eso se ocupan los multimedios concentrados de nuestros países. ¿De cuántos diarios y canales son dueños acaso?

El surgimiento de estas figuras son el resultado de años de injusticia hacia el pueblo. No son populistas, son líderes populares. Nacen de nuevas organizaciones políticas, la mayoría cercanas a sindicatos y organizaciones sociales. Su militancia y campaña no hizo en una agencia publicitaria ni bancos internacionales, tampoco fueron financiados por dinero negro. Como cierta gobernadora de Buenos Aires y su amigo el residente de la Rosada.

Líderes como Lula, Evo o AMLO son la manifestación del malestar y las esperanzas de sus pueblos. Un rechazo al presente injusto y la ambición de un futuro distinto. Sin lugar a dudas tendrán sus defectos y límites, pero el carácter cipayo no es uno de ellos.

Bajo la definición de populista, caben todos aquellos que se apoyan en el blindaje cultural de las usinas generadoras de sentido (medios y universidad) al servicio de las clases más encumbradas y sus aliados extranjeros. De esta manera en nuestro país el populismo, es el macrismo y sus aliados de Cambiemos.

Los líderes populares de América Morena, son su creación original y trascienden su historia. Sus populistas son efímeros, duran lo que aguante el endeudamiento y la explosión del rechazo social. En ciertos momentos, si sus líderes están a la altura, luego de los tiempos más miserables y tristes puede brotar algo distinto. Al peronismo lo precedió el desastre de la Década Infame y Cárdenas el hambre del Profiriato.

Tan cierto como la llegada del alba, los pueblos en algún momento recuperan cierto grado de conciencia política. Entonces distinguen muy bien a populistas de populares.

 

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