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No siempre para la primera impresión hay una sola oportunidad

Se ha convertido en un refrán popular aquello que dice “Para la primera impresión, hay una sola oportunidad” pero no fue así en el caso que les voy a contar. Es el de un joven argentino, que pasado el tiempo es el que esto escribe, al que se le desdobló la oportunidad en el conocimiento del personaje que estamos recordando: Jorge Abelardo Ramos, en adelante, el Colorado.

Siendo adolescente tuve la oportunidad de conocer al Colorado a partir de su obra escrita: un relato razonado de los más agudos conflictos de la historia política de los argentinos desde Moreno y su Plan de Operaciones -que nos hacía comprender la Revolución de Mayo-, pasando por los Caudillos y la lucha de Interior contra el Puerto, hasta la creación del Estado argentino en 1880, una República sin Pueblo; el Pueblo y la República Yrigoyenista, o el Nacionalismo Económico, la Justicia Social y la mirada latinoamericana de Perón.

El Colorado era capaz de enhebrar todos y cada uno de estos conceptos hasta llegar a la necesidad de reconstruir lo que fuimos, la Nación Latinoamericana. La descripción de los hechos, las clases sociales intervinientes, sus partidos políticos, el paisaje, sus personajes y las anécdotas que en un párrafo parecían sintetizar todo un período harían aplaudir de envidia y simpatía a Balzac y a León Davidovich. A mí también. Después conocí, siguiendo al Colorado, a Balzac y a León Davidovich.

La adolescencia había pasado, y en mi primera juventud un tal Lucas Méndez, militante del movimiento del Colorado, me reconoció que no haber votado por la fórmula del peronismo en 1973 había sido un gran error que había aislado al partido del Colorado; pero haber impulsado la fórmula Perón-Perón en septiembre del mismo año había sido su gran acierto político y en este empate de desaciertos y aciertos, el escritor le reclamaba al político una revancha. Y un importante número de argentinas y argentinos se la dimos. En ese momento, la primera impresión encuentra su segunda oportunidad, que es precisamente el momento de conocer al político.

Sin embargo, en el remate de sus obras escritas, en sus discursos, en sus publicaciones, este singular personaje, que gozaba de la reputación de ser con los suyos los más consecuentes de los peronistas, terminaba con una apelación al socialismo criollo. Este particular indiano parado exactamente en la puerta que divide el pasado y el porvenir era capaz de escribir “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” con más gracia y agudeza que el mismísimo Federico Engels escribiendo “Revolución y Contrarrevolución en Alemania”. Los títulos de ambas obras se parecen y el final también: lo que viene es el Socialismo. En el caso de Ramos este rumbo debía ser Criollo.

Como el dios Jano, el del rostro bifronte, era capaz de relatarnos el pasado de todos nosotros en una forma tan clara y seductora que queríamos acompañar en el puro presente. Parecía que hacia atrás su vista era clara, pero ahí parado en la puerta, miraba el presente por el ojo de la cerradura y el imponente y cautivante relato se transformaba abruptamente en el aislamiento político.

Al conocer al político entendí aquello del defensismo de la Unión Soviética. Se suponía que en una suerte de Armagedón del siglo XX o XXI las fuerzas del bien, el Socialismo Criollo y los trabajadores y las clases oprimidas de todo el mundo, darían la batalla final contra los capitalistas imperialistas impíos para finalmente derrotarlos y meterlos presos. Pero el Armagedón no llegaba.

Enfrentó y enfrentamos con dignidad los años de sangre y fuego y los argentinos volvieron a votar; y el Colorado volvió a mostrarse solo. Iba generando a su paso un enorme discipulado que entendía nuestra historia a partir de su obra, y al mismo tiempo una cantidad de pequeñas enemistades de aquellos que militaron con él, pero que no encontraban el rumbo de la profecía incumplida.

No fue el pueblo ruso ni los pueblos encarcelados los que terminaron con el Gran Ducado de Moscovia con lenguaje marxoide. El destino se llevó puesta a la cárcel de pueblos que había nacido hace muchos siglos y que había transformado el lenguaje carcelario en un presunto lenguaje de izquierda. Entre los emancipados por ese proceso, estaba Abelardo Ramos. Reivindicó oportunamente el querer ser de aquellos pueblos que interpretó como una lucha por el porvenir de aquellas naciones en formación, todavía oprimidas. Entonces un día juntó al puñado de amigos que le quedaba y les dijo “…Si siempre fuimos peronistas” y el escritor derrotó al político en toda la línea.

Quizás de puro admirador de las mitologías antiguas escuchó el llamado de las Parcas, o simplemente se emancipó. Lo cierto es que el indiano, con una tardanza de varias décadas, se zambulló dentro –y no por fuera- del movimiento nacional al que siempre perteneció. Pero ya era tarde para el político. Telón, y se fue.

Como siempre hizo cuando enfrentaba a los más poderosos, y se sabe que la Muerte es muy poderosa, lo hacía con una imperceptible sonrisa canchera; como sobrando. Y habrá pensado para sí “Yo me voy, pero mi obra queda”. En muchos de los que nos acordamos de la primera oportunidad en que lo conocimos ha quedado guardada su obra esclarecedora en algún repliegue de nuestra alma, o en una obra del Colorado en la mesa de luz. Me levanté esta mañana para escribir estos párrafos y lo volví a descubrir en la mía.

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Dr. Mauro Aguirre
Abogado. Prof. de la Cátedra de Doctrina e Ideas Políticas II, Fac. Cs. Políticas y Sociales- UNCuyo. Ex Convencional Constituyente.
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