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Perón: movimiento nacional, democracia popular y libertad sindical

El 8 de octubre de 1895 nacía en Lobos, Provincia de Buenos Aires, el futuro presidente de la república. Para algunos, vino al mundo algunos años antes pero fue inscripto después. Lo que no deja lugar a dudas, es la oportunidad de su ingreso a la Historia: formó parte de la revolución militar que cerró para siempre la vergüenza de la Década Infame, donde los antepasados fraudulentos del macrismo porteño gobernaban con la complicidad del radicalismo y el progresismo socialdemócrata, todos unidos contra el país y el viejo caudillo popular, el doctor Hipólito Yrigoyen, así como ahora, todos combaten al peronismo y al sindicalismo que resiste al apriete de la Alianza Libertadora Cambiemos.

Como Secretario de Trabajo y Previsión, puede ser considerado el padre de la libertad sindical en la Argentina moderna, pese a los pruritos del puritanismo académico y de la delicada piel de los “demócratas” que siempre coinciden en condenar las formas políticas que encuentra el pueblo insubordinado contra los poderes concentrados que dominan al país, en nombre de su paladar político-sindical educado por la socialdemocracia o el sindicalismo yanqui, cuando no por la ultraizquierda estalinista, trostkysta, maoísta o “guevarista”.

En un país semicolonial, se entiende por “libertad sindical” el derecho de los trabajadores a organizarse para defender sus intereses profesionales contra el absolutismo patronal y el Estado manejado por las clases poseedoras y los representantes del capital extranjero. Desde esta perspectiva, los derechos reconocidos por el gobierno peronista por medio de la sanción y riguroso cumplimiento de  la ley de Asociaciones Profesionales y de Negociación Colectiva, constituyen el verdadero nacimiento del derecho sindical; a partir del peronismo, los sindicatos dejaron de ser entidades perseguidas como “asociaciones ilícitas” que realizaban el horrendo delito de “coalición para la huelga” condenado por el liberalismo oligárquico y antinacional. Por el contrario, la CGT y las organizaciones sindicales participaron del gobierno y quedaron “regimentadas” por el Estado.

Este último carácter, es anatemizado por el purismo y el ultraizquierdismo abstracto, como “sindicalismo de Estado”. Estos críticos, fingiendo ignorar las condiciones mundiales que representan el paso de la economía mundial de la era de la “libre competencia” del período manufacturero a la de los monopolios, pretenden restaurar el sindicato “libre” de la influencia estatal, que no es otra cosa que la utopía artesanal y pequeño burguesa que proyecta hacia el presente el fantasma inerte de una forma sindical únicamente compatible con la era de la adolescencia y juventud del capitalismo europeo (principios del siglo XIX); de manera implícita, fundan su imagen de “sindicato libre” en las “Trade Union” británicas, y su creación política, el partido laborista inglés, o en el molde de la socialdemocracia alemana.

Si esto calza bien para el “progre” antiperonista ¿qué podemos decir del “combativo” pretendidamente izquierdista? Pues que desconocen olímpicamente la reflexión de los maestros del socialismo sobre la cuestión sindical; en particular la de Lenin (quien estudió los límites del “tradeunionismo” sindical) y de Trotsky, quien explicó que, en la era del imperialismo (o sea, capital financiero, monopolios mundiales y dominación politica-militar sobre los países oprimidos, como colonias o semicolonias), los sindicatos, lejos de ser “libres”, enfrentan dos posibilidades:  o la brutal persecueción del viejo Estado en manos de la burguesía nativa (la oligarquía en la Argentina pre peronista), o eran “regimentados”, por el nuevo Estado arrebatado al control de las antiguas clases explotadoras y controlado por un movimiento o partido “nacionalista burgués” (o “pequeñoburgúes”).

En criollo, lo que ocurrió en nuestro país es que la nueva clases trabajadora de origen provinciano e incorporada a la industria durante el período bélico, no se sintió representada por el sindicalismo socialista o comunista que paralizaba huelgas para no perjudicar a las empresas inglesas o norteamericanas en su “esfuerzo de guerra”; conflicto armado al que pretendían enviar a los trabajadores argentinos. En concreto, el viejo sindicato socialista o comunista ofrecía a las potencias extranjeras, como malignas divinidades tutoras del orden mundial en crisis, una cruel ofrenda de sangre joven; para el comunismo pro soviético o la socialdemocracia, el obrero argentino debía morir defendiendo a Inglaterra o la URSS, antes que hacerle una huelga al frigorífico yanqui. Los defensores de los “chicos de la guerra” de Malvinas, que no admiten la defensa del país agredido, no titubeaban 30 años antes (y ahora tampoco) en ofrecer víctimas argentinas para uso de las potencias “democráticas” en sus aventuras de conquista.

Frente a este panorama, no fue ninguna “demagogia” ni ninguna tara racial, orgánicamente atribuida al “negro cabecita” por los educados “progresistas” de entonces, lo que movilizó a las masas populares trabajadoras en apoyo del desconocido coronel Perón, quien, desde el poder estatal, desarrollaba una audaz política “obrerista” (como se la llamó desdeñosamente desde la cátedra y los grandes medios de prensa, repitiendo el mote adjudicado a Yrigoyen). Fue más bien el “peronismo” el que creó a Perón, y no al revés; y el “peronismo” fue un hecho social y cultural que luego transmutó en político, cuando la gigantesca movilización democrática de los trabajadores conquistó Buenos Aires el 17 de octubre, y los sectores nacionales del Ejército que acompañaban a Perón aseguraron con el poder las armas la soberanía reconquistada por los obreros en la Plaza.

De este modo, fue que el coronel triunfante, luego general, aunara a un tiempo, la calidad de Presidente de los argentinos y líder del segundo movimiento nacional del siglo XX; su valor era que el peronismo retomaba la herencia vacante del yrigoyenismo agrario, pero expresando al nuevo país, y sus nuevas clase sociales: los trabajadores de la ciudad, quienes entraban en la Historia “avanzando y no retrocediendo” y, no lo hacían solos, sino dentro de un amplio Frente de Liberación Nacional, junto a las clases medias urbanas representadas en la oficialidad militar y la administración pública, así como vastos sectores del comercio minorista del interior y de la Provincia de Buenos Aires, y numerosos fabricantes y empresarios de variada actividad que inauguraban que constituían la burguesía nacional.

Ante esta situación, los militantes sindicales de vasta trayectoria y una dilatada experiencia de lucha frente a las persecuciones de la Década Infame, junto a lúcidos veteranos de la era del sindicalismo heroico de principios de siglo, se vieron ante la opción histórica de integrarse al peronismo (ideología política de la clase trabajadora argentina) o entregarse a la política antiobrera y antinacional del Partido Comunista o a los amigos socialistas del capital inglés o yanqui, que manejaban como un negocio familiar (fraude interno mediante) el partido fundado por Juan B. Justo. Frente al dilema, los mejores cuadros no sólo se inclinaron por el sentido profundamente histórico de los trabajadores, sino que se pusieron al frente, guíandolos hacia la victoria alcanzada por las masas, incluso, frente a la dubitativa CGT (muy parecida a la actual), que se resistía a hacerle paro al gobierno que anulaba las conquistas sociales. Pero la dirigencia del 17 de octubre no dudó y se movilizó a la Plaza de Mayo, exigiendo la libertad del Coronel, pero reclamando sus derechos en nombre propio, bajo la divisa “queromos a Perón”, y lo hizo un día antes del paro decidido a regañadientes por la dubitativa conducción cegetista para el 18 de octubre. Este hecho demuestra que fueron los dirigentes más avanzados del sindicalismo argentino quienes condujeron a los trabajadores, y formaron parte, durante una década, de un gobierno nacional, democrático y popular que legisló y llevó a la práctica las principales conquistas históricas de los trabajadores argentinos y las clases desposeídas en general.

En suma, la participación de los trabajadores en el poder estatal a través de sus organizaciones sindicales durante las presidencias peronistas, se tradujo en una relación donde el Estado “regimentó” a los sindicatos pero, porque éstos, apoyaban (aunque con matices que llevaron a la huelga más de una vez contra Perón) al gobierno y lo integraban como ministros, legistadores, gobernadores, intendentes, etc.

En definitiva, en la era de la dominación mundial de las potencias y el capital extranjero monopólico, o los sindicatos son combatidos por el Estado (como hacen Macri y Temer en Brasil) y el derecho laboral es arrasado en beneficio de las grandes compañías; o bien, los sindicatos se “integran” al pequeño y relativamente débil Estado semicolonial en resistencia contra la presión del poder político, cultural, diplomático y militar, superconcentrado, que ejercen las potencias foráneas y sus representantes locales para “abrir la economía” y desmantelar los dispositivos de defensa del interés nacional establecidos por los movimientos nacionales en el poder, o por gobiernos de tendencia nacional, como el argentino de 2003-2015 (nacionalizaciones, control de cambios, política industrial, creación de empleo productivo, reformas educativas inclusivas, apoyo a la ciencia, la técnica y la tecnología nacional, etc.).

Finalmente, concluimos conmemorando el nacimiento del gran argentino que dejó una imborrable huella en la historia nacional y el inconsciente colectivo del pueblo argentino. Su aptitud decisiva, fue que supo ponerse al frente de la corriente histórica de la “hora de los pueblos” y luchar, desde el poder y desde el exilio, por la movilización democrática del pueblo argentino, encabezado por los trabajadores y trabajadoras, hacia la liberación nacional, la integración latinoamericana, la libertad de los trabajadores y la justicia social./ (RIN)


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