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Soberanía monetaria o entrega del trabajo argentino

El director del Consejo Económico Nacional del gobierno de EE.UU, Larry Kudlow, dijo que “la única forma de salir del dilema de Argentina es establecer una junta monetaria” y “atar el peso al dólar”. Los medios gráficos, los vinculados al sector financiero o el empresariado norteamericano, también reprodujeron el concepto. The Wall Street Journal propone “adoptar el dólar” (1), mientras que la revista Forbes estima que en el gobierno de Macri “…no estarán demasiado preocupados por los tenedores de bonos en Nueva York si tienen que elegir entre pagarles, pagarles a los empleados públicos o enfocarse en la clase trabajadora” (2).

La prensa argentina empieza a mirar con nostalgia a Cavallo mientras traduce gustosamente las opiniones extranjeras. La conclusión que sacan es siempre de corte semicolonial: economía bi-monetaria, dolarización o la nueva “tablita” similar a la de Martinez de Hoz. El trabajo argentino no es la prioridad y, para esta rosca, no lo fue nunca.

En el tema hay una primera trampa en la que no pocos suelen caer: ¿por qué dependemos tanto del dólar? se preguntan. Algunos, casi todos, lo explican desde la “idiosincrasia” argentina, la desconfianza a la moneda propia que los lleva a ahorrar en dólares. Algunos dicen que tal cosa nace con un “primer plan” de ajuste llamado “Rodrigazo” en la época, como no, de un gobierno peronista (3).

Otros (4) utilizan con vaguedades las vicisitudes posteriores a la segunda guerra mundial (¿agotamiento de las reservas, sequías?). Alguien lo enfoca desde los efectos tremendos que la inflación tuvo en la totalidad de los argentinos en la época de Alfonsín.

Pero, ¿por qué razón la Argentina depende de una divisa extranjera? La respuesta no es psicológica, sino económica y política. El dominio del capital extranjero signó la vida política del nuestro país.

Desde la caída del morenismo hubo sectores, anclados en los puertos que controlaban su aduana que negociaban y dependían económicamente y culturalmente del mercado de entonces, que era Inglaterra.

El desarrollo desigual pero combinado que el auge del sistema capitalista tiene a escala global influye también en nuestras tierras con distintas consecuencias según el gobernante de turno. El modelo agrícola ganadero de exportación funciona aceitadamente hasta principios del siglo XX (digamos, 1914). (5) Es el “límite de la patria chica” según Jauretche y la Argentina tendría entonces, en términos materiales, una razón más que justa para discutir el modelo de país. A grandes rasgos se podrían definir dos: el industrialista-proteccionista y el liberal-oligárquico y agroexportador. (6)

Las tesis liberales y la “división internacional del trabajo” pudieron hasta entonces mantener a raya los sectores medios y pobres. Pero, el aumento de la población argentina y la esterilidad de la oligarquía terrateniente para salir de su actitud típicamente parasitaria, dotaba el contraste entre la agroexportación y la industria algo más traumático.

El ministro Hueyo dirá sin remordimientos, que podría ser tiempo de exportar argentinos, para mejorar la relación vaca/personas. En estas afirmaciones se esconde la verdadera contradicción: patria para pocos, o inclusión de argentinos al consumo digno. Si la primera en aquella época estaba defendida fundamentalmente por la oligarquía terrateniente, hoy pone el tono el capital financiero y aquella es un socio menor, nada despreciable. Macri no inventó nada.

Fueron la primera y la segunda guerra interimperialista que demostraron empíricamente, a través de una política de sustitución de importaciones creaba al peronismo y, muy luego, al general que lo encabezaba. Así las cosas, si Yrigoyen había tenido el tino de cerrar la caja de conversión, Perón manejó el problema de la divisa en su primera década de gobierno de una manera oportuna: más de catorce tipos de cambio distintos, según la necesidad de importación.

La renta nacional producida no se utilizaba de la misma manera para importar tornillos de aviones que para ingresar un perfume francés. Es que los líderes de ambos movimientos nacionales en nuestra cuestión cardinal se definían sin miramientos por los trabajadores y se traducía en la defensa de la soberanía monetaria. Los tipos de cambio diferenciado se complementaban con la nacionalización del BCRA y los depósitos bancarios, junto con el IAPI y las políticas crediticias preferenciales. Los medios y la academia han olvidado oportunamente las posiciones nacionales, también en este aspecto. Por supuesto que Perón también tuvo un problema de “restricción externa de dólares” y, de buscar las causas profundas, diríamos que nunca logramos superar con éxito y para siempre el asunto de quién concentra la renta que “naturalmente” produce nuestro país.

Y que cuando se hizo con éxito, el modelo fue golpeado militarmente o vencido, por tibio, en las urnas, como en el 2015. Los que perdieron fueron las grandes mayorías trabajadoras. Para algunos de nosotros este no es un debate puramente académico o histórico: la historia nos dibuja el plan económico que los argentinos necesitamos.


 Referencias

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