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Volver al mundo para perder más

Mientras el presidente anuncia la reincorporación del país a los mercados financieros internacionales las exportaciones continúan cayendo. “El supermercado del mundo” que anunciaba Macri, refiriéndose a la diversificación de las exportaciones y su crecimiento, está cada vez más lejos de la realidad.

En números concretos: “En 2011 llegó a exportar 84 mil millones de dólares, pico del ciclo alcista durante los gobiernos kirchneristas, que arrancó con exportaciones por 30 mil millones en 2003 y fue escalando a esa cima de casi el triple para doblarla y girar a la baja en 2012.”(1). Incluso en 2015, con la quita de retenciones las exportaciones argentinas llegaron a los 61.620 millones de dólares. Hoy la cifra ronda los 57 mil millones.

Para empeorar la situación aumentaron considerablemente las importaciones, un 24% en el último año, lo que lleva a que el déficit comercial alcance los 5.200 millones de dólares en los primeros 9 meses del año. Ahora bien, ¿Cuáles son las consecuencias para el país?

El comercio internacional entre dos gobiernos de tinte liberal en lo económico, el intercambio de productos esta mediado por una divisa, típicamente el dólar. Los Estados del mundo tienen dos formas ordinarias de conseguir esta moneda: exportaciones o deuda. Por un lado, la divisa es obtenida del resultado de las ventas al exterior y particularmente de los tributos que estas paguen.

Por el otro, es traída por medio de préstamos internacionales con organismos multilaterales, Estados y algún banco privado. Si las exportaciones disminuyen y se les eliminan o reducen retenciones, la situación empeora. Todo esto hace, que el Estado deba cubrir la diferencia deficitaria con deuda pública.

Luego estos préstamos son cubiertos por los recursos generados por medio de los impuestos. Vale decir, que es el mercado interno en su conjunto (y los argentinos) quien termina financiando el déficit.  Y en estos momentos tenemos el peor déficit comercial desde 1994 y el del que se tenga registrado en nuestra historia económica.

Tampoco las importaciones han beneficiado a la producción general. Hace un mes una nota en el diario Ámbito describía la situación: “En el detalle por uso económico, la avalancha de importaciones tiene origen en un incremento sustantivo de la adquisición privada de vehículos de pasajeros (42,3%), además de una notoria suba de bienes de capital y consumo (13,8% y 12,5%, respectivamente)(…) En cuanto a los bienes de capital destinados a procesos productivos, se focalizan en el complejo agroindustrial, donde la compra del exterior de Maquinaria Agrícola crece en torno al 55%. La quita de retenciones y la promesa de reforma fiscal mejoraron las expectativas de rentabilidad”. La cita corresponde a un informe realizado por Santiago Fraschina, coordinador del Módulo Política Económica, del Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda.

Eso sí, las deudas se nacionalizan pero las ganancias no. En los últimos dos años la cantidad de empresas exportadoras se ha reducido a la mitad, con cosechas récord el año pasado y una aún mayor pronosticada para el presente. La devaluación y el acopio de la producción, hacen a las enormes ganancias que tiene este sector  especulativo. Mientras las ganancias de estos sectores crecen y se vuelcan a la bicicleta financiera (que también pagan los argentinos), el mercado interno sigue contrayéndose y se profundiza el ajuste.

Si el déficit comercial estuviera financiando el desarrollo del aparato productivo, especialmente su diversificación, otra sería la situación. Con el aumento del valor agregado, los recursos generados por el mismo mercado interno y su tributo pagarían la deuda. Sin embargo en nuestro país los mayores beneficios del comercio exterior, generados por el trabajo y los recursos naturales, quedan en manos de los especuladores comerciales y financieros. Los rgentinos volvimos al mundo, para seguir vendiendo soja y ser el único casino donde la casa siempre pierde.

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