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Cultura & Co(vid): Apostillas de la gestión cultural pública de Mendoza en tiempo de coronavirus

Hasta el inicio del aislamiento social preventivo y obligatorio decretado en marzo, la reluciente gestión del gobierno provincial ya tenía en su haber algunos logros llamativos. La sucesión comenzó con el histórico paso en falso a la modificación de la ley 7722, y con temor a quedarse cortos, persistieron en el error. Enumero: el fallido legislativo al endeudamiento en dólares propuesto por el Gobernador, la corrupción en serie en la Dirección de Irrigación, el escándalo público por los salarios de la Suprema Corte de Justicia provincial, el absurdo inicio de clases con 40 grados de calor y un broche de oro que simbolizó poco más de dos meses de torpezas: el ingreso escondido de Suárez al acto central de Vendimia. El augurio de un desgobierno para los años venideros se hacía tangible en la forma de una impericia anodina y cívica. En sesenta días convirtieron en residuo un capital político reluciente, y el récord de errores no forzados terminó abriendo suspicacias sobre las aptitudes del gobernador y su equipo. En las bambalinas, aparecieron otras señales menos evidentes pero igual de preocupantes en lo que presagiaban. Quiero hablar de una de ellas: la gestión cultural del gobierno de Mendoza.

La primera de las acciones dadas a conocer fue la re-nominación del organismo: la fusión de Turismo y Cultura (nunca muy explicada) evocó gestiones de la década pasada. La jugada podría no ser una mala noticia pues hay experiencia suficiente desperdigada por el mundo que serviría para justificar tal decisión. Pero es mala señal en este contexto, cuando el objetivo es subsumir al sector Cultura adentro de la gestión de Turismo. En una entrevista ante Diario Los Andes del 1 de diciembre del 2019, la ministra entrante Mariana Juri decía: “Vamos a optimizar los recursos fusionando a los dos organismos en uno”. Y agrego yo: “a confesión de parte, relevo de pruebas”. La optimización de recursos de la que habla Juri suena en buen criollo a organismos desfinanciados y recorte presupuestario. Ajustada en fondos, infraestructura y personal, el área de Cultura queda a merced de los habituales léxicos y formas utilitarias del sector turístico provincial. Para peor, se desliga la proyección del organismo de Cultura de sus eventuales vínculos con la educación pública y con el desarrollo de sectores habitualmente desprotegidos. En estos cuatro meses, la ministra se ha encargado de confirmar la sospecha. En la carencia de lineamientos y políticas para el sector de la Cultura y en su silencio, Juri no deja margen para pensar otra cosa: abruma en su vacío ideológico, blanquea su inexperiencia y anticipa el desgano con que deberá hacerse cargo de una problemática que desconoce.

Esa problemática recrudece cuando el encuadre para concebir la administración pública de la cultura en la provincia, se ubica a la par de un sector turístico noqueado por el Covid-19. Frente a ello, uno podría aventurarse a pensar que la gestión provincial del Ministerio en cuestión podría encontrar en su ala menor -esto es, Cultura- algunas repuestas, algunas acciones para capear la tormenta. Pero a juzgar por los hechos, la transitoria catalepsia que sufre el turismo parece también llevarse consigo a cualquier esfuerzo en materia de gestión de la cultura, y el pasmo indica que a la siesta ministerial le seguirá una prolongada hibernación. Pasando en limpio, la gestión de cultura hoy solo cuenta con una sobreactuación en redes sociales que no hace más que expresar el desconcierto, de forma y de fondo, de quienes han elegido la virtualidad como única estrategia. Al dedicarse a subir videos a la red, Cultura de Mendoza reduce su discurso al entretenimiento doméstico e iguala la política cultural del Estado con cualquier experiencia de entrecasa. Una buena noticia: las experiencias de entrecasa son superiores en frescura.

Hay más. Un proyecto legislativo reciente -quizás discutible y perfectible- impulsado por el diputado provincial Helio Perviú, expone demandas básicas del sector que se desarrolla en torno a las prácticas culturales, actualmente diezmado y sensible. La iniciativa, más allá de su efectividad, ha dejado al descubierto la floja reacción de un Ejecutivo que debería asumir urgentes políticas de contención, sin la mediación ni la espera de vaivenes legislativos. Pero naturalmente, el gobierno provincial no está en condiciones de identificar las problemáticas, pues no hay disponible un solo relevamiento actualizado en materia cultural que permitiría realizar, al menos de forma aproximada y seria, un diagnóstico de la escena de Mendoza. El tiempo útil del personal ministerial administrativo y jerárquico es para muchos un misterio, pero puedo afirmar que nada tiene que ver con relevar ni atender la difícil situación que en general y en cientos de casos particulares, atraviesa el sector en nuestra Provincia. Al respecto, hay un problema, o varios: no se cuenta con información certera ni diagnósticos, no solo porque los funcionarios de cultura se han acostumbrado a correr atrás de la eventualidad de coyuntura. También, ello se fundamenta en el desprecio que permanece en algunos nichos de la gestión estatal por el concepto de organización de la comunidad. Lo sabemos, a los agujeros de planificación, el pensamiento neoliberal en el Estado suele taparlos (mal) a fuerza de tecnocracia y de cancelar el diálogo.

La lectura de lo que significa el universo laboral del sector que hoy se evidencia por contraste, se asoma como una gran posibilidad para pensar una gestión de la cultura como estrategia de vinculación y como humanización de la vida en comunidad. Superar el paradigma de la gestión cultural pública atareada en el evento o en el adorno social, es un principio de suma urgencia.

Desde lo personal, considero otras ideas más puntuales o menos abstractas. Por un lado el acceso desde lo virtual a ese universo de elaboraciones y significaciones de la identidad en que se ha convertido, ya no la ciudad o la aldea, sino cada casa. El ingreso del discurso estatal a la mayoría de los hogares, viene haciéndolo –una vez más- la escuela. Con altibajos, errores saldados en el camino y con diversa respuesta, el sistema educativo escolar, nos guste o no, se ha convertido -en miles de hogares- en motor de actividades y dinámicas familiares que no solo sostienen las tensiones del aprendizaje, sino que mantienen un vínculo entre la familia, las comunidades y la vida institucional del Estado. Articular al sector local de la cultura con ese universo pedagógico y político parece primordial.

Pero en tiempo de pandemias, hay otros temas a flor de piel que entiendo deberían ser abordados por la gestión de la cultura. Un índice temático rápido revela problemáticas definidas por la subsistencia básica, por los peligros del Estado policial, por la proliferación de antros de desinformación, por la continuidad alarmante de los episodios de violencia de género, y por la urgencia por elevar el tenor de un debate social que aísle los discursos del odio, en favor de la templanza y el conocimiento. Estos objetivos que debe plantearse el Estado, se encuentran claros para muchos de nosotros, pero no tanto para otros que hoy tienen la responsabilidad de llevarlos adelante.

Una última consideración. Las organizaciones populares cuentan hoy con un valor específico, un conocimiento diagnóstico del territorio y una confianza ganada, clave para la efectividad de ciertas políticas públicas. En un momento como el que vivimos, desaprovechar esas plataformas organizativas, ampliará el margen de derrota de cualquier gestión. Estas organizaciones, que ponen en uso y valor de manera transversal herramientas y dispositivos culturales, serán sin lugar a dudas protagonistas cuando esta pandemia se aplane; es decir, cuando la comunidad deba volver a tender los puentes que la articulen.

Desconozco de qué manera se está organizando el gobierno provincial para encarar los tiempos de pospandemia, pero sabemos que esos momentos un día van a llegar. La improvisación y el vacío de lo coyuntural puede ser una opción para persistir en el error. Otra opción es sacar una enseñanza y aprovechar esto que nos pasa, aunque para ello deberán guardar por largo tiempo el repetido jingle de achicamiento del Estado con el que entraron a gobernar.

El rol del Estado está en juego, pero no es lo único que se encuentra en disputa. En esta pandemia que ha venido a discriminar lo sustancial de lo anecdótico, también está en disputa nuestra cultura en una comunidad que muchos seguimos anhelando organizada, humana y solidaria.

* Luis Freire – San Rafael, Mendoza 1980freire@gmail.com

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