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De voceros y oyentes

Estos son tiempos de inversión y de absurdo por donde se los mire. Aquellos que saben expresar mucho y bien ya no son los escuchados, los atendidos, los vindicados, mucho menos los comprendidos. Trascendieron las últimas palabras de la diputada Carrió como trascienden las grandes novedades del cine. De igual manera fue de boca en boca la discusión de “gauchos” y veganos como debate de proporciones dieciochescas. De igual manera se difunden las teorías que algún intelectual con internet y apellido arroja contra el “amor romántico” en llamado a la deconstrucción. Así también nos fascinamos comprando lo que un Congreso de Terraplanistas tiene para decirnos por YouTube, y prestamos insólita atención al puterío entre dos personajes estridentes sacados de cualquier lugar.

He perdido un poco el norte y he olvidado la motivación original de estos párrafos que escribo: el discurso de Lilita Carrió ante el Gabinete Ampliado de la semana pasada. Para bien o para mal, para burla o para vera, se tiene a Carrió como vocera política y mediática quintaesenciada. No importa ya la cualidad de “buena” o “mala” para definirla. No podemos decir que sea una oradora capaz o incapaz si la estudiamos a la luz de la sociedad, de la cultura, del Siglo en que florecen sus palabras. Su eficacia está en que pega dos o tres gritos, rememora alguna frase mal traducida de la Biblia y adopta una pose de borracho sabio haciendo Stand-Up. Y ahí la tenemos en todos los medios de comunicación: ridícula o audaz, delirante o elocuente, poniéndole el pecho a las balas o disfrazando su miseria con el micrófono. Pero la tenemos, y la compramos, y es bien nuestra.

Lamentablemente, Carrió y otros personajes de nuestra política reflejan muchos aspectos de la posmodernidad decadente en que nadamos. Pero, pese a todo, no hay manera de no ser optimista recordando lo que pasó el domingo de las elecciones PASO. Ahí es donde tenemos que encontrar esa reserva de esperanza que a veces nos falta. Podemos perorar todo lo que queramos contra la sociedad actual y sus vicios, pero en las urnas se vieron los pingos. El pueblo no se ve representado por este gobierno que trasciende lo bochornoso. El gobierno de los tránfugas, de los cómodos, de los estafadores, de los usureros peligrosos, en una palabra: de los oligarcas, no representa al que, pese al terrorismo cultural del que es víctima en esta posmodernidad líquida, sigue siendo el maravilloso pueblo argentino. No lo representa. Porque en las elecciones el único vocero de sí mismo es el pueblo. Nos puede gustar más o menos lo que dice, pero nobleza obliga (y acá sí lo afirmamos con toda certeza): ¡qué buen orador que es! En él repose nuestra fe.

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