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Ecología, imperialismo y desarrollo sustentable

“Una importante especie corre un grave peligro de extinción: la especie humana. Es nuestro deber preservarla”.

(Fidel Castro, Cumbre de la Tierra, Rio de Janeiro, 1992)

“Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología en donde rige la economía de mercado”

(Juan Domingo Perón, Discurso con motivo de la creación de la Secretaria de Medio Ambiente)

Introducción

Cuando hablamos de desarrollo sustentable como un concepto universal aplicable a cualquier sociedad, sin hacer distinciones de tiempo y lugar, estamos frente a un error que no nos permitirá identificar las particularidades propias de la situación relativa de sociedades como la nuestra, en el marco del sistema capitalista mundial. Luego, corremos el riesgo de plantear recetas que no sirven a nuestros problemas, las cuales, lejos de ser soluciones, se transforman en trabas e impedimentos para que logremos un desarrollo sustentable en América Latina. El ecologismo como ideología (no la ecología, que constituye una ciencia natural) es una de esas trabas que trataremos de explicar en este trabajo.

Para elaborar políticas ambientales acertadas en Latinoamérica, es necesario tener un diagnóstico correcto sobre el origen de nuestros problemas como sociedad (pobreza, atraso tecnológico, falta de soberanía, dependencia económica, pérdida de la cultura propia, etc.) por lo cual debemos comenzar señalando que la Argentina, al igual que el resto de los países de Latinoamérica, se encuentra en situación de semi-colonia. Esto se diferencia de una situación colonial como, por ejemplo, lo era la India de Ghandi antes de su independencia del Imperio Británico, porque más allá de que existe una relación de dominación en los dos casos, en la primera la colonización se realiza por las armas mientras que en nuestro país no se ha disparado un solo tiro para someternos, y sin embargo es evidente que no somos un país soberano e independiente. Que el 80% de la economía se encuentre extranjerizada es un claro ejemplo de esto o, más evidente aún, es el hecho de que parte de nuestro territorio se encuentre usurpado como es el caso de las Malvinas.

Las semi-colonias tienen un aspecto formal de independencia: bandera propia, himno nacional, Constitución, elecciones cada dos años, etc., sin embargo, es clara la presión constante que se ejerce por parte de la extranjería para impedir que diseñemos nuestras propias políticas tendientes a lograr una sociedad más justa. Lo vivido por los argentinos en décadas pasadas y con el gobierno de Macri, donde votamos a distintos presidentes para que el FMI o el Banco Mundial terminen dictando su programa de gobierno en materia económica, política, social y cultural es una muestra de esto. Pero como dijimos anteriormente, no fue ninguna ocupación militar la que generó esto sino la aquiescencia de compatriotas que una vez que llegaron a los lugares de decisión política actuaron como una correa de transmisión de los intereses de una minoría local y sus socios extranjeros. Por este motivo, podemos decir que el prerrequisito para sostener nuestra situación de dependencia es la colonización cultural, que nos hace pensar y tomar decisiones contrarias a nuestros propios intereses.

Son instrumentos de esta colonización la Universidad (de donde salen la mayoría de los dirigentes políticos) y los medios monopólicos de comunicación que forman la conciencia y la opinión de los argentinos. Por este motivo, es que se torna necesario en el ámbito universitario, re-elaborar las categorías que nos permitan pensar desde nuestra propia realidad las soluciones para lograr un futuro mejor, entre las cuales se encuentra la de desarrollo sustentable en los países semi-coloniales.

La categoría “semi-colonia” es inseparable de otra: “imperialismo”, la cual ha caído en desuso y es necesario recuperar, ya que en la medida en que no podamos decidir soberanamente nuestro destino, no podremos plantearnos políticas de desarrollo que vayan en consonancia con los intereses de nuestro pueblo y de las futuras generaciones de argentinos que habiten nuestro suelo.

El objetivo de este trabajo es plantear un concepto de desarrollo sustentable propio de nuestra realidad, vale decir, que responda a las necesidades de un país que tiene un 40% de pobreza y necesita por lo tanto imperiosamente generar industria, producción y trabajo para vivir dignamente.

Ecología e Imperialismo

En su obra “Ecología e Imperialismo”, Roberto Ferrero plantea que el ambientalismo es el resultado necesario de casi dos siglos de desarrollo industrial en Europa y Estados Unidos cuyo principio rector fue la maximización de las ganancias. En pos de ese objetivo se contaminaron ríos con desechos industriales, costas de mares con derrames de petróleo, se provocó la lluvia de ácido sulfúrico conocida como lluvia ácida, se talaron bosques enteros, etc.

Pasada la segunda década del siglo XX los niveles de contaminación y sus consecuencias comenzaron a ser un problema grave para las sociedades con un elevado nivel de desarrollo industrial y empiezan a realizarse una serie de investigaciones y estudios sobre las consecuencias negativas del desarrollo industrial y tecnológico; y se realizan importantes reuniones internacionales para el tratamiento del tema entre las que el autor destaca la Conferencia de la Biosfera de París en 1968 y la Conferencia de Estocolmo en 1972.

Paralelamente surgen organizaciones en defensa del medio ambiente que si bien toman categorías de la ecología, el autor se encarga de diferenciarlas de dicha disciplina científica:

“Solicitada e invocada permanentemente por el ecologismo, la ecología se diferencia sin embargo muy claramente de él: el primero es una tendencia política e ideológica, no obstante sus protestas de apoliticismo; la segunda es una ciencia natural rigurosa, que se ocupa de las relaciones entre el organismo vivo y su entorno natural” [1]

Para Ferrero, la ideología que se esconde detrás de las organizaciones ecologistas se encuentra claramente planteada en el informe sobre “los límites del crecimiento” elaborado por el Instituto de Tecnología de Massachusetts a pedido del presidente del Club de Roma[2] Aurelio Peccei (vinculado a la Olivetti, Fiat e ItalConsult, consultora del empresariado italiano). Dicho informe pronosticaba una inminente escasez de recursos, superpoblación y contaminación catastrófica que llevaría al colapso en la segunda mitad del siglo XXI. Este fue el sustento teórico y “científico” de las teorías ecologistas (y en particular las conservacionistas que no admiten ninguna modificación del medio natural en sus corrientes más ortodoxas) que vaticinan la destrucción del medio ambiente por “el hombre” o “la humanidad”. Con respecto a esto último el autor dice:

“En la literatura ecologista (…) no es nunca la gran burguesía imperialista, los monopolios, los intereses oligárquicos, quienes contaminan, sino “el hombre”, “la humanidad”. Pero la humanidad no existe sino como abstracción; en concreto son ciertos o determinados grupos o clases sociales los responsables de la destrucción de los recursos naturales. El hombre común no depreda, el que vive de su esfuerzo manual o intelectual, no depreda sino en muy pequeña medida. El Gran Depredador es el imperialismo y la gran burguesía imperialista que si envenena a sus propios conciudadanos y compromete su futuro no lo hace por ignorancia o falsos conceptos, sino porque su objetivo es el mayor lucro y no la conservación de la naturaleza, que le exigiría gastos suplementarios”[3]

De esta forma surgen los grupos ecologistas y tienen un gran crecimiento en la década del ´60 en Europa, expresando a los sectores medios e incluso a parte de la burguesía metropolitana sensibilizada por los efectos de su propia obra. Si bien el autor señala los límites de la acción de estos grupos para dar una solución a las causas de los problemas que enfrenta, reconoce ampliamente el carácter positivo que tienen en Europa y Estados Unidos en cuanto promueven una conciencia social sobre el tema y ponen obstáculos al desarrollo de actividades contaminantes.

Sin embargo, al “cruzar el océano” estas concepciones, como muchas otras, cambian de signo puesto que los problemas que atravesamos los latinoamericanos son diametralmente opuestos a aquellos que afectan a los europeos. Mientras que en los países industrializados los problemas ambientales surgen como consecuencia de un alto grado de industrialización y su concentración, de “este lado del río”, dado el carácter primario de nuestras economías el problema (y no solo ambiental, sino en cuanto a la posibilidad de garantizar un nivel de vida digno para toda la población) es exactamente opuesto. Dice Ferrero:

“La verdad es que el mundo opulento sufre una superindustrialización tal que, pasados ciertos límites, genera en la biosfera más daños, comparativamente, que el bienestar que crea; el ataque de los “verdes” a este crecimiento canceroso está, por tanto, ampliamente justificado. Pero en América Latina y el Tercer Mundo el daño al medio ambiente causado por el abuso tecnológico es mínimo, porque sus países sufren precisamente de lo contrario; de la ausencia de un desarrollo económico robusto, de la insuficiencia y el atraso de sus industrias, del primitivismo de su agricultura y de la inexistencia de una tecnología nacional adecuada”[4]

A esta misma conclusión llegó el Taller Subregional de Educación Ambiental que se reunió en Perú en 1976 y que contó con la presencia de 40 delegados de Panamá, Venezuela, Cuba y Perú y en el que Argentina y Brasil participaron como observadores. Allí se dijo que a diferencia de los países industrializados la problemática ambiental de América Latina no deriva de su abundancia sino, por el contrario, de la “insatisfacción de necesidades elementales, que son la causa de desnutrición, analfabetismo, desempleo, de carencias habitacionales, de insalubridad, etc.” y a su vez afirmaban que nuestros países, como tantos otros de la periferia, se encuentran lejos del punto de inflexión en que el crecimiento industrial se vuelve en contra de la calidad de vida”[5]

Dado el bajo nivel de industrialización que existe en América Latina, el principal problema en cuanto al cuidado del medio ambiente está vinculado con la depredación de los recursos naturales, renovables y no renovables, y sobre todo en los últimos años han tenido especial importancia y se han puesto en el centro de la escena las actividades extractivas en materia de minerales y petróleo. Pero sorprendentemente no son los latinoamericanos (ya sea a través de empresas privadas, estatales o mixtas) quienes explotan ni se benefician con esta explotación sino justamente los países centrales que necesitan de nuestras materias primas y recursos extractivos para abastecer sus industrias.[6]

El empresariado industrial de los países centrales, así como la dirigencia política que los representa, tienen muy en claro que cada tonelada de hierro que se consuma en América Latina o en África es una tonelada menos que va a sus industrias, por lo tanto que mejor que promover una política anti-industrialista en estos países en pos de “no aumentar la contaminación mundial”. En palabras de Jorge Orduna, en su obra “El ecofascismo: las internacionales ecologistas y las soberanías nacionales”, son los intereses geopolíticos del Primer Mundo, que se industrializó durante siglos sin ningún tipo de restricción ni control, los que se plantean como intereses de toda la humanidad dejando a países como el nuestro en una desventaja notable.

Las internacionales ecologistas

Ahora bien, y siguiendo con Orduna, para que esta política anti-industrial haga eco en nuestras sociedades es necesario instalarla y legitimarla culturalmente, y es aquí donde aparecen las organizaciones conocidas como internacionales ecologistas. Sus mejores exponentes, y casos más ejemplares, son Greenpeace y WorldWildlifeFoundation (conocida en nuestro país como fundación Vida Silvestre).

La WWF fue creada en 1961 por Max Nicholson, antiguo miembro del gobierno británico y por esos días, director del organismo británico para la protección ambiental The Nature Conservancy. La sede de la nueva fundación se estableció en el pueblo suizo Gland, en el mismo edificio y compartiendo el aparato administrativo de la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (IUCN)[7], creada en 1948 bajo el auspicio de la UNESCO, la organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Uno de sus principales patrocinadores económicos es la petrolera Shell y su influencia es tal que de 1977 a 1981 un ex miembro del comité ejecutivo de The Royal Dutch Shell, John Loudon fue presidente del consejo internacional de la fundación.

Orduna señala que la forma de acción de esta organización, en conjunto con la IUCN, se ha basado en los últimos años en la promoción y creación de áreas protegidas: reservas naturales, parque nacionales e incluso parque transnacionales, que pasan a ser administrados por organismos internacionales, la propia WWF, u organismos locales creados o financiados por ellos mismos. La consecuencia de esto es que enormes porciones territoriales y los recursos que en ellos se encuentran quedan fuera de la órbita del Estado al que pertenecen, constituyendo una verdadera violación a la soberanía de los mismos.

Esta es la tarea que realizan en nuestro país. En el año 2001 Vida Silvestre recibió como donación de la Patagonia Land Trust[8] la estancia Monte León de 61.270 hectáreas que representan 32 km de costa atlántica con el objeto de que sea convertida en un parque nacional.

Otra de las grandes ecologistas transnacionales es la conocida Greenpeace. Fundada en Canadá, actualmente tiene su sede en Holanda. Posee alrededor de 3 millones de afiliados en el mundo y actualmente la mayor parte de sus ingresos proviene de Estados Unidos y Europa. En su declaración de principios dice que es una organización independiente que no recibe aportes de gobiernos o empresas. Sin embargo, entre los nombres suscriptos a Greenpeace, y según puede verificarse en los formularios para la exención de impuestos en Estados Unidos (donde es necesario detallar el origen de las donaciones) se encuentran, entre otros, la Rockefeller Brothers Foundation y la Turner Foundation. La primera pertenece a la célebre familia petrolera y la segunda a Ted Turner, el mayor poseedor de tierras de Estados Unidos (700.000 hectáreas en 10 Estados) y con 70.000 hectáreas en Argentina. Una de las actividades por la que se caracteriza es la organización de cacerías de búfalos, por las que cobra US$ 10.500 por cazador.

A su vez la vinculación entre dirigentes de Greenpeace con éstas y otras corporaciones es sorprendente. El director de esta organización entre 1984 y 1988, Peter Bahouth, se convirtió en 1993 en director ejecutivo de la Turner Foundation. Otro de sus directores, Peter Melchett, heredero de una corporación transnacional de productos químicos de origen inglés (Imperial Chemical Industries), dejó la dirección de la organización para trabajar en una empresa multinacional de relaciones públicas, Burson – Marsteller[9] que tiene entre sus clientes a Shell, Unilever y Monsanto.

Jorge Orduna relata una campaña de acción conjunta de estas organizaciones contra el uso de DDT que ejemplifica sobre el peligro de trasladar los mismos criterios de protección ambiental del centro a la periferia:

“Principal enemigo de la malaria, pues mata al mosquito portador, el DDT fue denunciado por los ecologistas como nocivo y se logró la prohibición de su uso en los Estados Unidos en 1972. Iniciaron esta campaña la WWF y Max Nicholson, y pronto Greenpeace  y The Environmental Defense Fund se sumaron a la condena radical del DDT.

Como consecuencia, la prohibición se extendió a diferentes países. El resultado fue que los índices de mortalidad por paludismo volvieron a crecer. Cada años cerca de 300 millones de africanos contraen malaria, y para dos millones es la causa de muerte. (…) En los treinta años que duró la prohibición decenas de millones de personas murieron por causa de esta política. Lo peor del caso es que en 2005 tanto la WWF como Greenpeace han revertido su posición contra el DDT, y viendo que los métodos alternativos que había propuesto no funcionan, ahora reconocen que su uso es un mal necesario”[10]

Y luego cita a un periodista norteamericano que escribe:

“Si los Estados Unidos fueran golpeados por la malaria en el mismo grado en que lo está el África Subsahariana, más de 100 millones de norteamericanos se verían infectados cada año y quinientos mil morirían. (…) Exigiríamos acción inmediata para terminar con la epidemia, incluyendo fumigación general con pesticidas (DDT) y no toleraríamos objeción alguna de la comunidad internacional. Pero nosotros ya no tenemos paludismo. Principalmente gracias a los pesticidas”.[11]

Lo que en algunos países resulta beneficioso en otros trae consecuencias devastadoras. Pero la línea que separa a unos de otros no es azarosa sino que está directamente vinculada con el grado de desarrollo que poseen sus fuerzas productivas, los niveles de tecnología a los que pueden acceder y, por ende, la capacidad de garantizar niveles de vida aceptables para la mayoría de la población. Lo que no se puede dejar de mencionar, pues sería un análisis sesgado de la realidad, es que ese desarrollo ha sido posible gracias al no desarrollo de la periferia. Y esta es la situación que se pretende mantener. En el sitio de internet de otra organización ecologista, Deep Ecology, señala como una de las misiones de dicha fundación “detener la homogeneización del mundo por la economía industrial global”

“Las grandes ecologistas son útiles para la promoción de esos intereses (los de las grandes potencias mundiales), esenciales para el mantenimiento de su situación de predominio industrial y político.

Las potencias industriales necesitan conservar la dependencia industrial y tecnológica en la que asientan su poder. Necesitan impedir el desarrollo industrial independiente del Sur. Los ecologistas contribuyen con su discurso anti-industrial, con su ataque a la producción energética, etc.

Las potencias y las corporaciones internacionales necesitan controlar recursos e impedir su utilización en el desarrollo de los países del Sur. Los grandes ecologistas contribuyen bloqueando la tierra en parques y más parques, indiscriminada y masivamente.[12]

En el mismo sentido se expresa también Ferrero:

“Debido a la magnitud y a la importancia pública de los temas abordados (o eludidos) por las organizaciones ecologistas, su actividad adquiere un sentido netamente político, tácito las más de las veces, explícito en otras. El hecho de que no se exprese en términos partidistas no quiere decir que ese sentido esté ausente. No existe el ecologismo inocente. Cuando no se sostiene una posición auténticamente nacional, en este campo como en cualquier otro, la prédica (desde un punto de vista objetivo y con independencia de las intenciones) se configura siempre como otra política consistente: la del imperialismo, puesto que le proporciona nuevos argumentos contra las actividades que de una u otra manera contribuyen a aflojar los lazos de la dependencia semi-colonial”[13]

En este marco, cualquier planteo ecologista que presente al medio ambiente como un problema de “la humanidad”, sin distinción entre clases sociales o entre Naciones opresoras y países oprimidos, sin reconocer la diferencia que existe entre las grandes corporaciones transnacionales y las incipientes industrias de algunos países, es decir, tratar como igual a lo desigual tiende, siempre, a perjudicar a los más débiles en la relación: nuestro pueblo.

En síntesis:

“Sin reducir el ecologismo a la política, desde que cada uno tiene su ámbito específico, la admisión franca y responsable de la condición dependiente del país, el reconocimiento de que el mundo se encuentra dividido entre naciones hegemónicas y naciones sometidas, establecerá un nuevo punto de partida, más rico y fructífero, que pondrá ante los ojos del movimiento ecologista las verdaderas opciones y aventará las problemáticas que son ajenas a nuestra problemática ecológica y social. (…)

Debido al ritmo de desarrollo desigual de la historia, la Argentina, como los demás países latinoamericanos y del Tercer Mundo, escarmentando en cabeza ajena, llegarán a acceder a mejores condiciones de vida sin tener que pagar como los países altamente industrializados el alto costo de la destrucción del medio ambiente. Pero ésta no es una necesidad inscripta en la naturaleza de las cosas, sino una posibilidad abierta cuya concreción depende de nosotros”[14]

Los verdaderos motivos del deterioro ambiental

La contaminación y destrucción del medio ambiente en América Latina es realizada fundamentalmente por las empresas multinacionales instaladas en la región que realizan un saqueo permanente de nuestros recursos sin contemplaciones ambientales, y que, al mismo tiempo, sostienen a nuestros pueblos sometidos a la pobreza y miseria, siendo esta otra de las causas fundamentales de este fenómeno.

Para dar algunos ejemplos, podemos decir que la polución atmosférica de las grandes ciudades es producto de las corporaciones multinacionales de automóviles instaladas en el país, que además de producir sin contemplaciones ambientales (contemplaciones que les obligan a tener en sus países de origen) han instalado a través de la publicidad la “necesidad” de los automóviles individuales o la compra ridícula de camionetas enormes, que hasta dificultan la circulación normal por la calle, para ir a buscar a los chicos a la escuela, sin ningún tipo de justificación más que la moda o el status que otorga tener estos monstruos gigantes, instalado por la publicidad de las empresas multinacionales. Todo esto al solo efecto de obtener mayores ganancias vendiendo más.

La Ford, la General Motors y la Chrysler han obstaculizado permanentemente el desarrollo de motores alternativos para los automóviles, como el motor eléctrico, para preservar sus gigantescas inversiones en la producción de vehículos de combustión interna, que son los más contaminantes. Henry Ford III fue muy expresivo al respecto cuando dijo en 1968: “Tenemos tremendas inversiones en instalaciones para motores, transmisiones y ejes, y no veo por qué las tiraremos por la ventana solo porque el auto eléctrico no emite gases”.

Las grandes empresas industriales necesitan realizar desembolsos enormes para invertir en equipos de depuración y eliminación de residuos, o emigrar de sus países de origen. En la primera alternativa, las inversiones son enormes: entre el 8% del total de sus inversiones en la industria aeroespacial y el 30% en la de papel y la celulosa. Dos investigadores norteamericanos, Ford y Leontieff, calculaban que la lucha contra la contaminación en EEUU insumiría casi el 15% del total de la inversión[15]. Ante semejantes costos, naturalmente los monopolios industriales de los países centrales han optado por la otra alternativa: trasladar sus plantas mas contaminantes a los países del Tercer Mundo cuyos gobiernos no tienen el poder o la decisión suficiente para limitar los efectos nocivos de su funcionamiento, o se encuentran tan enajenados a la impaciencia de obtener el desarrollo con las inversiones extranjeras que no toman con ellas ninguna clase de recaudos (algunos le llaman a esto seguridad jurídica para la inversión).

Además de la depredación directa, existe otra indirecta, que es aquella realizada por los propios pueblos de la periferia en virtud de las necesidades apremiantes que les impone su situación de dependencia colonial o semicolonial, según el caso, y la miseria que esto trae aparejado. Tal es el caso de Haití, en “donde los campesinos negros han talado las faldas de las montañas de su isla, hasta dejar cubierto con árboles apenas el 9% del territorio nacional, pero esto es porque sólo disponen del 10% de toda la tierra cultivable de la isla. La mayor parte, concretamente el 66% de la tierra, se encuentra concentrada en el 1,15% de la población[16]. A esto se suma la extremada miseria, la imposibilidad de conseguir un empleo industrial en las pocas y atrasadas ciudades, el sistema semi-servil de arrendamiento y la dictadura de las compañías azucareras norteamericanas, que poseen las mejores tierras de los valles. Todo esto lleva a los cultivadores tierra arriba para buscar tierras que les permitan sobrevivir”[17].

Es también la condición semicolonial, con sus consecuencias de subdesarrollo y de carencias, lo que explica otros casos de auto-deterioro ecológico, como el de los naturales del Chaco salteño y los habitantes de los valles riojanos de Tinogasta o Fiambalá talando los árboles para obtener leña para la cocción de sus alimentos hasta convertir en desiertos su entorno, como denunciaba hace algunos años el documento sobre la “Estrategia mundial para la conservación”. “Los pobres de las zonas rurales tienen igualmente que quemar cada año 400 millones de toneladas de estiércol y de desechos agrícolas, ambos indispensables para la regeneración de los suelos” agregaba el documento.

Mientras tanto, en las grandes naciones industriales de Europa y EEUU las reservas de madera (según la revista Newsweek) son más grandes y más productivas que hace un siglo, porque se reforesta como corresponde, se crean científicamente nuevos árboles de crecimiento rápido y de gran rendimiento y se ensayan nuevas y mejores técnicas de manejo de bosques.

Un ideólogo del ecologismo, el biólogo Raúl A. Montenegro comentando situaciones como éstas, opinaba que ricos y pobres por igual eran responsables de la degradación del medio ambiente: “los que son pocos, por consumir desenfrenadamente; los que consumen poco, por ser demasiados”. Vale decir, los pobres del mundo subdesarrollado cometen el delito y tienen la “culpa” de nacer y existir. Esto va en consonancia con una célebre concepción inhumana y oligárquica del Dr. Alberto Hueyo, presidente de la Sociedad Rural a principios del siglo XX, que opinaba que los males de nuestro país provenían del hecho de que los argentinos éramos demasiados en relación al stock ganadero, pues la época de oro de la Argentina tradicional coincidía con los años del Bicentenario, cuando había un argentino cada cuatro vacas. La oligarquía argentina creía que había que disminuir la población en lugar de aumentar el plantel ganadero.

Conclusión

El desarrollo de este trabajo permite concluir que existe una vinculación directa entre el auge de la discusión sobre la preservación del medio ambiente, con los intereses y necesidades de los grandes centros industriales; como así también el entramado de relaciones económicas, políticas y personales entre las organizaciones ecologistas y las grandes corporaciones transnacionales. Esto pone de manifiesto los intereses que sustentan y difunden esta ideología y a las organizaciones que la promueven.

Sin embargo, de ninguna manera apunta a restarle importancia a la necesidad de encarar un desarrollo sustentable en nuestra región, que contemple la protección de nuestros recursos naturales, el clima, el suelo y paisaje que se extiende a lo largo y ancho de Nuestra América. Simplemente pretende mostrar la necesidad de que sean los Estados Latinoamericanos los que de forma independiente determinen las medidas a tomar en este sentido.

Mientras no terminemos con las causas profundas de la miseria de grandes masas en los países periféricos, cualquier tentativa de preservar el ambiente o explotar de forma sustentable nuestros recursos naturales seguirá siendo imposible. La condición de país dependiente levanta enormes obstáculos para avanzar en este sentido: en primer lugar, está la resistencia obvia de las grandes potencias y las clases oligárquicas locales que se niegan a abandonar su lucrativa explotación de los recursos del Tercer Mundo; en segundo lugar, la dominación imperialista impone gobiernos que, o son meros títeres de las multinacionales, o se hallan imbuidos de una gran cobardía frente a ellas y a los gobiernos que las representan, de manera que ninguna defensa de los recursos naturales puede esperarse de ellos; y finalmente, el mismo atraso tecnológico y la debilidad económica y financiera consustanciales a la situación semi-colonial o colonial veda a las autoridades para llevar a cabo planes prácticos de preservación del entorno y las riquezas naturales.

Los resultados son totalmente distintos cuando se trata de las grandes naciones o de aquellas que, sin serlo todavía, son dueñas de sus propias decisiones y actúan de manera soberana. Son varios los ejemplos de esto, pero vamos a dar solo dos:

  • EEUU logró que se recuperaran las tierras degradadas del Great Plains, en el medio del oeste norteamericano (casi 100 millones de hectáreas transformadas en una hoya de polvo en la década del treinta) gracias a que contaba con la potencia financiera necesaria para subvencionar a los granjeros de la zona para que dejaran sin cultivar sus campos; para pagar a 13.000 funcionarios especializados del poderoso Servicio para la Conservación del Suelo; y para encarar un gigantesco programa de forestación en forma de pantalla protectora de los vientos.
  • En la milenaria China, el gobierno del presidente Mao reforestó en tales proporciones su desnudado país que para 1963 ya estaban cubiertas de árboles ¡70 millones de hectáreas!… el 7% de la superficie nacional. Algunos calificaron a esta tarea como “una de las máximas realizaciones culturales de nuestro tiempo”[18].

Ahora bien, ¿Qué tienen en común estos países por encima de sus diferencias? Que son naciones soberanas, que han roto la situación de dependencia colonial y han realizado su unidad nacional, conquistado su independencia económica, desarrollo industrial, justicia social, cultura propia.

La conquista de estos objetivos es lo que permite la verdadera preservación del medio ambiente, para preservar, al mismo tiempo, las condiciones de vida digna de los seres humanos en esta parte del planeta y de las futuras generaciones. Si vamos por ese camino, el ecologismo se subordina a la política y esta a su vez lo hace a las vastas necesidades populares de la región.

El ecologismo aislado de las luchas fundamentales de nuestro pueblo, podrá ganar alguna pequeña batalla relativa a la protección del pingüino patagónico, pero la resolución efectiva de los grandes problemas ecológicos del país están atados a la conquista de nuestra independencia económica, la justicia social y soberanía política; tarea esta que se debe lograr en el marco de la integración latinoamericana, donde la explotación racional de los recursos naturales se haga sin destruir el medio natural. Por lo tanto, podemos terminar diciendo que en América Latina, el pleno ejercicio de nuestra soberanía nacional es un prerrequisito para lograr un desarrollo sustentable que permita generar condiciones mas dignas de existencia para nuestros pueblos; pero sin soberanía sobre el manejo de nuestros recursos, esto se torna imposible.

 

Referencias

[1] “Ecología e Imperialismo”. Roberto Ferrero. Ediciones del Mar Dulce. 1985. Pág.15

[2] Se considera al Club de Roma como una de las instituciones paradigmáticas del neomaltusianismo ya que desde la Segunda Guerra Mundial se consideraba un problema grave el crecimiento de la población mundial de los países comunistas, de sus satélites y por tanto se establecía la necesidad de frenarlo.

[3] Roberto Ferreo, Ob. Cit. Pág. 16

[4] Roberto Ferrero, Ob. Cit. Pág.22

[5] Cabe aclarar que el nivel de industrias presentes en América Latina en 1976, año en que se celebraba esta reunión, y en particular en nuestro país, era mucho mayor al actual ya que en el período 1976-2001 fue prácticamente desmantelado el aparato productivo industrial. En Argentina se estima que hacia fines del segundo gobierno de Carlos Menem (1999) 120.000 fábricas cerraron sus puertas. (Wikipedia. Historia de la industria argentina. Desindustrialización)

[6] En 2010, los recursos naturales concentraron el 43% de la inversión hecha por las transnacionales en América del Sur. (http://www.revistapueblos.org/spip.php?article2225)

[7] Durante los primeros años de funcionamiento, este organismo tuvo problemas de financiamiento que fueron aliviados por una donación de la Fundación Ford.

[8] La Patagonia Land Trust es una fundación que pertenece al estadounidense Douglas Thompkins que en el año 2008 poseía 276.000 hectáreas en la Patagonia chilena y del lado argentino la estancia Sol de Mayo (21.850 ha), Dor Aike (33.000 ha) y las mencionadas tierras de Monte León.

[9] Burson-Marsteller es la agencia que trabajó para la dictadura cívico-militar argentina de 1976 mejorando su imagen internacional. Es la autora de la tristemente célebre slogan “Los argentinos somos derechos y humanos”

[10] Jorge Orduna. Ob. Cit. Pág. 62.

[11] Jorge Orduna. Ob. Cit. Pág. 63.

[12] Jorge Orduna. Ob. Cit. Pág. 224.

[13] Roberto Ferrero. Ob. Cit. Pág. 99

[14] Roberto Ferrero. Ob. Cit. Pág. 101

[15] Roberto Ferrero. Ob. Cit. Pág.84

[16] Roberto Ferrero. Ob. Cit. Pág. 92

[17] Roberto Ferrero. Ob. Cit. Pág. 90

[18] Roberto Ferrero. Ob. Cit. Pág. 97

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