Home   /   País  /  Politica  /   El voto radical ya tiene candidato nacional
El voto radical ya tiene candidato nacional

Las turbulentas semanas del cierre de listas están a nada de finalizar y las principales definiciones ya están en boca de los argentinos. Una de las más novedosas es que no hay candidato radical en fórmula presidencial alguna, situación inédita desde el retorno a la democracia. Que éste hecho sea contraproducente para el centenario partido, es discutible; sin embargo, el destino de sus votos es lo que nos interesa dilucidar.

https://resizer.iprofesional.com/unsafe/640x/https://assets.iprofesional.com/assets/png/2019/04/476063_landscape.png?3.3.4.2

Por un lado, aparece la fórmula representativa del campo nacional, Fernández-Fernández, rebosante de candidatos del kirchnerismo y massismo pero encabezada por un dirigente más cercano al “peronismo tradicional”, lo cual modificó toda previsión electoral y acercó a parte de la dirigencia peronista que antes descreía de la figura de Cristina. Por el otro, Macri motivado por distintos factores arregló con Pichetto, lo cual atiborró ambas listas de peronismo, al punto tal que buena cantidad de votos podría fugarse hacia una tercera opción. Ahí aparecen Espert, con un sorpresivo 5% de intención de votos de acuerdo a recientes mediciones, y la antes ancha y ahora angosta avenida del medio, transitada por la ex Alternativa Federal de Lavagna y Urtubey.

El ahora llamado Consenso Federal, conducido por Lavagna, pretende imponerse como una alternativa a la denominada grieta entre kirchnerismo y macrismo, arrancando el voto más “concienzudo” de ambos frentes. Tanto cree en esto, que ha declarado que “en caso de balotaje, no hay ninguna duda de que gana la tercera vía”[1], lo cual sí puede dudarse. Nos permitimos pensar que la figura del ex ministro, tanto como algunas de sus posiciones, son bastante adyacentes a las posturas históricamente radicales.

El prontuario político del precandidato es más que diverso; su paso por los Ministerios de Economía de Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde, está precedido por su experiencia en el sector empresarial privado y por su labor diplomática durante el gobierno alfonsinista, habiéndose encargado de proyectos de integración con Brasil y de la Secretaría de Industria y Comercio Exterior. A su vez, Lavagna es propietario una imagen de transparencia y cordialidad, digna de todo buen socialdemócrata, devenida de su participación en organismos internacionales europeos y de las denuncias que realizó sobre el gobierno de Néstor Kirchner, en relación a supuestos sobreprecios en la obra pública.

Eso último, junto con las recientes campañas electorales en las que participó activamente como candidato opositor al kirchnerismo (en 2007 sacó el 16,89% de los votos y en el 2015 respaldó la candidatura de Massa) son alicientes muy seductores para una porción del electorado que sólo votaría a Macri-Pichetto si en frente tuviera a Fernández-Fernández, la tenebrosa fórmula de la corrupción. Como ese es el escenario actual, es legítimo creer que el antaño voto alfonsinista migrará al “lavagnismo”, y esto podría esperanzanos con la victoria del campo nacional en primera vuelta, no tanto así en un balotaje.

Del dicho al hecho

Las declaraciones esbozadas por Lavagna en relación a la política económica que puede hacer resurgir al país son más que interesantes, así como su antecedente en las negociaciones del canje de deuda del 2005 y en la salida de la crisis, desde el año 2002. Su pretensión de reducir los impuestos internos, fomentar el consumo y desarrollar la matriz productiva, son postulados con los que cualquier “peronista de pura cepa” estaría de acuerdo. Sin embargo, cuando eso debe traducirse en definiciones electorales y apoyos políticos, la historia y hoy el presente nos juegan una mala pasada.

Podemos remitirnos a un sinfín de planes, ideas y proyectos prometedores, diseñados por partidos y dirigentes situados en las antípodas del peronismo, que fracasaron o no llegaron a su puesta en marcha justamente por su reticencia a uno de los movimientos políticos más importantes del país.

Uno de todos los ejemplos dignos de citar, fue la Declaración de Avellaneda de 1945, en la cual la dirigencia radical, encabezada entonces por Balbín, Frondizi, Lebensohn, Illia, Elpidio González, etc., expuso un plan ejemplar para la promover una Argentina soberana, industrializada, con pleno empleo, socialmente justa y con amplia consciencia política. Era todo patriótico y revolucionario hasta que llegó la hora de las decisiones: las elecciones presidenciales serían el 26 de febrero de 1946 y enfrentarían al candidato del pueblo, Juan Perón, contra la fórmula multicolor Tamborini-Mosca.

Sin embargo, el acérrimo antiperonismo y la hábil maniobra encargada por el Departamento de Estado a su embajador, Spruille Braden, pondrían de culata el accionar radical. Así entonces, diciéndose representante de las “corrientes populares progresistas, movidas por un profundo ideal de superación, contra oligarquías retardatarias”[2], el partido radical y casi todos sus dirigentes se opondrían al armado electoral que justamente se proponía ese fin, para dar respaldo, paradójicamente, a la opción electoral de esas mismas oligarquías que pretendían desbaratar. Por suerte para el pueblo plebeyo, la fórmula de Braden no pudo con la de Perón.

El presente encuentra a un Lavagna desarrollista, de gran desempeño con gobiernos radicales, con un plan más que valorable para “poner en marcha la Argentina”, pero parado en frente de la lista que agrupa a la gran parte del peronismo y que promete objetivos casi idénticos, aunque con distintas alianzas de clase. Por suerte hoy, las condiciones no son las mismas que en 1945, y la candidatura del ex ministro está más cerca de quitar votos al armado electoral de la oligarquía que de frustrar el éxito del pueblo plebeyo, que espera ansioso un nuevo 26 de febrero en octubre del 2019.


Referencias:

[1] https://www.clarin.com/politica/entrevista-lavagna_0_EbIpdSB1u.html

[2] Declaración de Avellaneda, 1945.

Etiquetas

Notas Relacionadas