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El hombre que está solo y espera: Scalabrini Ortiz

En los difíciles tiempos que corren, y con la excusa de un nuevo aniversario de su nacimiento, se hace urgente y necesario rescatar la figura de una de las mentes más brillantes y audaces que ha tenido la Argentina en el siglo XX: Raúl Scalabrini Ortiz. Nacido en la provincia de Corrientes pero hijo por adopción de Buenos Aires, Scalabrini tuvo un paso fugaz por las ciencias duras en su temprana juventud (estudió ingeniería y se graduó de agrimensor) pero terminó entregándose por completo a su verdadera pasión: Las letras.

El paso del yrigoyenismo imprimió en el corazón de varios jóvenes de la época el amor por la patria y los más humildes; y el sueño de una Argentina soberana y digna que se presentara al mundo abrazada fraternalmente con los pueblos hermanos de América Latina. Así brotaron los Jauretche, los Homero Manzi, y tantos otros. Así nació FORJA (Fuerza de Orientación Radical para la Joven Argentina) vínculo sagrado entre el espíritu nacional-popular-democrático del yrigoyenismo en descomposición y el peronismo que, aunque inconscientemente, comenzaba a nacer. Naturalmente Scalabrini Ortiz estuvo vinculado a FORJA, y es allí donde se revela su otra gran pasión: La política.

Con su obsesiva y sesuda “Historia de los Ferrocarriles Argentinos” y su “Política Británica en el Río de la Plata” nos hizo tomar conciencia de la injerencia del capital extranjero imperialista y de sus ansias de devorarlo todo, de deformarlo todo, de marchitarlo todo. La reacción consiguiente en todo aquel que lee tales obras es la de querer defender el interés nacional, tamaña contribución la de Scalabrini.

Con “El hombre que está solo y espera” nos conmovió y animó a querer buscar el “espíritu de la tierra”, el espíritu de “nuestra” tierra. Quizás algún día, los humildes paisanos del interior nos crucemos con el hombre de la calle Corrientes y Esmeralda y, entre confianzudos mates, podamos arriesgar de una vez por todas cual es el espíritu de estas tierras en las que nos tocó nacer.

Scalabrini Ortiz era un argentino comprometido con su pueblo, ese es quizá el mayor legado que nos deja. Habrá que honrar su memoria renovando el compromiso de luchar por una Argentina un poquito más justa. Ese será el mejor homenaje para él y para nosotros, a fin de cuentas el que no lucha se estanca, y lo que se estanca se pudre.

Entre  profetizándolo y pidiéndolo a gritos, en la última página de “El hombre que está solo y espera” escribió: “El cadáver de mis empeños fecundiza el pavimento estéril de las calles, y en cada pena ha de nacer un júbilo ajeno y venidero.En ellos revivirán mis sueños”.

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