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LA METAMORFOSIS DE CRISTINA

Si, como todas las encuestas parecen indicar, el domingo 27 de octubre se repite el resultado obtenido en las elecciones PASO; los argentinos tendremos un nuevo gobierno, Alberto Fernández un país que levantar y Cristina Kirchner un máster en conducción política para colgar en la pared.

Es que producto de la avalancha que se desencadenó con el nombramiento de Alberto como cabeza de fórmula del Frente de Todos y el agudizamiento de la crisis económica después de la paliza electoral que recibió el macrismo,  los argentinos no hemos tenido ni el tiempo ni la paz necesaria para reflexionar acerca del papel decisivo que jugó la expresidenta para ponerle punto final al triste capítulo neoliberal que escribió Mauricio Macri junto a Durán Barba y la UCR.

Cristina se encuentra en el umbral de la historia, a un segundo del salto final que la consagre no solo como un gran cuadro político sino como genial estratega. Si todo resulta según lo planeado pasará de ser la jefa de una fracción política, a la conductora más importante del Movimiento Nacional desde la muerte de Perón.

Pero ¿cómo se viene gestando esta transformación? ¿Cuál es la génesis de esa metamorfosis?

Campo, movimiento nacional y frente electoral.

Será necesario repasar, aunque sea a grandes rasgos,  la distinción entre “Campo Nacional”, “Movimiento Nacional” y “Frente Nacional” para llegar a un nivel de análisis un poco más profundo.

El Campo Nacional es aquella amalgama variopinta de sectores y clases sociales del país que están vinculadas económicamente de alguna u otra forma al desarrollo del mercado interno argentino. Los trabajadores, los jubilados, las pymes, la clase media profesional, el empresariado nacional y vastos sectores del mundo rural que no están ligado al comercio de exportación, entre otros, conforman este entramado complejo  que representa la gran mayoría del pueblo argentino que “vive en pesos” producto de su trabajo; y no del agio y la especulación del dólar, las altas tasas de interés  y la bicicleta financiera.

El Campo Nacional existe, siempre existió y existirá, en la estructura económica, en la “base material” del país. Como así también existe su contrapartida, el Campo Antinacional, que diremos escuetamente que es la oligarquía terrateniente, las grandes empresas transnacionales que vienen a esquilmar el país, y los hampones financieros que se enriquecen con la timba. A esto se le suma una “rosca” de clase media y profesionales que se ven ligeramente beneficiados al ser los “primos pobres” que se contentan con las migajas del festín semicolonial.

El Movimiento Nacional es otra cosa. Es el Campo Nacional “puesto en marcha”, conducido políticamente por sus líderes en búsqueda de una Argentina más justa. Son los movimientos sociales, el movimiento obrero organizado a través de sus sindicatos, los partidos políticos populares, sectores de la Iglesia con preferencia por los humildes, algunas cámaras empresariales, el feminismo popular, algunas federaciones agrarias, y un largo etcétera que intenta volcar sus intereses hacia la conducción del Estado para que sus reclamos sean escuchados en la construcción de un país que contemple a esa gran mayoría.

Siempre que el Campo Nacional se vio reflejado políticamente en el Movimiento Nacional, y este último se expresó electoralmente en un gran Frente Nacional, tuvo rotundos triunfos por la vía democrática. Prueba de ello son Yrigoyen, Perón, y los gobiernos de Néstor y Cristina. En cambio, cuando esa alianza de clases y acuerdos políticos fueron inestables o se resquebrajaron; el Campo Antinacional llegó al poder mediante golpes de estado, corrompiendo gobiernos o (en su última versión mejorada con un eficiente trabajo de ingeniería social y Big Data) ganando elecciones como en 2015.

El desgranamiento anteriormente señalado del Movimiento Nacional se fue dando de forma paulatina, y sobre esa desunión se alzó la Alianza Cambiemos (gran Frente Electoral del Campo Antinacional puesto en movimiento). Veamos.

Un poco de historia reciente

La salida del propio Alberto Fernández del gobierno de Cristina en 2008 puede ser considerada como el inicio del desmoronamiento del Frente para la Victoria, aquel frente amplio que supo poner de pie al país después de la crisis del 2001. Luego sobrevino la pelea con Felipe Solá y su posterior aventura con la candidatura del Colorado De Narváez que le ganó al mismísimo Néstor en provincia de Buenos Aires en 2009. Más tarde, el quiebre con los Moyano y un gran sector del sindicalismo peronista, y finalmente la salida de Massa y la aparición del Frente Renovador. Así la derrota del 2015 no resulta inexplicable, sino más bien, lógica.

Como epílogo de la diáspora peronista se inscribe la candidatura de Florencio Randazzo (apuntalado por el mismo Alberto Fernández) con el sello del PJ en las elecciones legislativas del 2017 enfrentando a Cristina que armó en un relámpago Unidad Ciudadana. Ambos se medían. Ella sacó 34 puntos aproximadamente (en el recuento final le ganó a Bullrich por muy poco), Randazzo 6 y Massa 15. Políticamente significó una dura derrota peronista y el inicio de la reconstrucción del gran frente electoral que hoy los aglutina a todos.

Nótese que la viveza radica justamente en saber representar políticamente la heterogeneidad del Campo Nacional, aceptarlo en su diversidad, pararse sobre las coincidencias dejando de lado las diferencias, y finalmente generar una buena oferta electoral.

“Todos unidos triunfaremos”

La marchita es realmente elocuente, no se anda con medias tintas. Además Macri no logró juntar a los argentinos, pero sí al peronismo.  El Movimiento Nacional comenzó lentamente a acercarse y unirse para enfrentar la política de ajuste de Cambiemos pero con la gran devaluación de 2018 y el acuerdo con el FMI los procesos políticos se aceleraron, y quien mejor pareció entenderlo fue, sin ninguna duda, Cristina Fernández de Kirchner.

En una entrevista realizada por Luis Novaresio después de las elecciones legislativas 2017 la expresidenta fue categórica:

—Si en el 2019 yo soy un obstáculo para lograr la unidad del peronismo y ganar las elecciones, no voy a ser ningún obstáculo, al contrario, voy a hacer todo lo necesario para que el peronismo -no solamente el peronismo porque el peronismo no ganó nunca las elecciones solo- sino en un frente amplio pueda ofrecerle a la ciudadanía algo mejor que lo que está teniendo.

—¡Usted está diciendo que se excluye de la posibilidad de ser candidata a presidente en 2019?

—Si esto impide la unidad y ganar, pero no tengas dudas, no tengas dudas…

Quien quiera oír que oiga. Cristina avisó hace tiempo a qué jugaba. Primero armó Unidad Ciudadana y demostró que hay entre un 25 y 30% de argentinos que le son absolutamente fieles (sin Cristina no se puede), luego convidó a todo el mundo a sentarse en la mesa y charlar (con ella sola no alcanza). Otro episodio notable se dio en su discurso en la CLACSO cuando llamó a no dividir al movimiento popular y nacional entre pañuelos celestes y verdes, pues esto generaba desunión y debilitaba al “pueblo” contra el FMI.

Según el Financial Times el Papa Francisco fue clave para limar asperezas y reconciliar al peronismo1. Con envidiable moral cristiana los principales dirigentes sindicales y políticos olvidaron y perdonaron antiguas ofensas en un santiamén.

Ahora bien, quien mayor responsabilidad tenía en ese gran armado de unidad era justamente Cristina, por su caudal de votos, por su peso específico propio, por haber sido dos veces presidenta, por representar una porción mayoritaria del Movimiento Nacional,  y por saberse con un piso muy alto y un techo muy bajo. Y Cristina estuvo realmente a la altura de las circunstancias. La generosidad es un prerrequisito de la grandeza, y Cristina fue generosa. Puso el interés nacional por sobre todas las cosas, por sobre cualquier facción, y eso la ubica en un escalón superior.

Al correrse del centro de la escena dejó sin bolsa de boxeo al macrismo y le permitió a un “moderado” como Alberto Fernández terminar de tejer las alianzas para la reconstrucción del gran frente. Renunció a ser la candidata a presidenta de una fracción política (necesaria pero insuficiente) para transformarse en la conductora más importante del Movimiento Nacional de los últimos 45 años. El salto cualitativo es tremendo. Fue dos veces presidenta y parece no importarle ahora nominar una magistratura menor. Retrocede para avanzar. Muchos dicen que es soberbia, bueno, en un solo gesto, en un solo acto, demostró que no lo es. Dicen que agrandó la grieta en la Argentina, y sin embargo puso a un feroz crítico de su gobierno como candidato a presidente. Se entregó como un símbolo de paz para la unidad y ahora se transforma en un pivote que le marca la cancha al futuro gobierno, pero también que lo respalda y lo llena de fuerzas.

Pero por sobre todas las cosas, desde las sombras y casi como un tótem, Cristina marca una orientación nacional, un rumbo a seguir: el de la producción y el trabajo, la industria nacional, la integración regional, el amor por los humildes y la justicia social.

El sonido del silencio

Mientras menos habla más dice, y eso descolocó al macrismo. Si el “renunciamiento histórico” lo desnortó, el sonido del silencio lo fulminó al no permitirle polarizar violentamente. En política el silencio es un recurso que requiere humildad y templanza, solo pueden utilizarlo aquellos que ya han hablado en los hechos con anterioridad. Lo sucedido es, políticamente, una jugada maestra.

Algunos buscan endiosarla y, sin quererlo quizás, la menosprecian. Otros la odian y  odiarán por siempre, están cegados por la violencia y la furia. Finalmente, hay quienes la preferimos humana, imperfecta y perfectible, militante, política, una compañera más, quizás la mejor y más querida. Hay quienes la preferimos natural, tan natural como el proceso de maduración y metamorfosis de la vida, tan natural como la oruga que se convierte en mariposa y el invierno en primavera cuando florece el sol.

 

Notas

1 – https://www.perfil.com/noticias/politica/financial-times-papa-francisco-alento-reconciliacion-alberto-fernandez-con-cristina-kirchner.phtml

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