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Lecciones de los “Chalecos Amarillos”: la Integración frente a la Doctrina Chocobar

El movimiento de los chalecos amarillos que enfrenta actualmente al Presidente de la República Francesa, Emanuel Macron, ha presentado un programa de reivindicaciones que son necesarias en el país galo para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Mas allá de que sabemos que el pariente ideológico de Mauricio Macri no tiene ningún interés en satisfacer este pliego de demandas, resulta interesante destacar que por lo menos el 70% de la sociedad francesa las siente como propias; porque apunta a combatir todas y cada una de las injusticias que viven a diario.

Independientemente de las diferencias que puedan existir entre la realidad de un país europeo, industrializado, que pasó por ejercer el colonialismo y ha sido uno de los países centrales del sistema capitalista en su faz imperialista; y una República del tercer mundo cuyas deudas nacionales siguen sin saldar, se pueden encontrar en este pliego una enorme cantidad de similitudes. Pues ambos países hoy sufren el embate del sistema financiero internacional, que con representantes como Macri y Macron alimentan el negocio de los bancos, los organismos multilaterales de crédito, los fondos buitres y los piratas de los paraísos fiscales.

Muchos de estos puntos, referidos a la política económica, fiscal, laboral y de salud; son prácticamente aplicables en nuestro país. Pero interesa referirnos en este artículo a qué es lo que piensan los chalecos amarillos (y apoya el 70% del pueblo francés) respecto de los inmigrantes.

La xenofobia como expresión de clase

En los últimos años la sociedad europea – y francesa en particular – ha ido cultivando un creciente sentimiento de odio hacia los inmigrantes que llegan a su país en busca de una mejor vida, principalmente del África cercana y del Medio Oriente. Con ayuda de los medios de comunicación y en respuesta también a la cantidad bestial de atentados terroristas, uno de cada tres franceses asumen su xenofobia y tres de cada diez opinan que en el país hay “demasiados inmigrantes”.

Dejando de lado el debate sobre el fundamentalismo islámico y su accionar en Europa, hay una explicación económica de este racismo: los inmigrantes cobran menos por el mismo trabajo. Así, las pequeño-burguesías francesa y argentina repiten a coro “vienen a quitarnos el trabajo”. Pero además, suelen ocupar los sectores sociales más humildes y desempeñar las tareas peor estimadas. No se discrimina al inmigrante holandés que dirige una cadena de supermercados: la Xenofobia es odio de clase.

Pero ¿quién es el culpable de esta situación? ¿Aquél que ha debido migrar en busca de una mejor vida porque las condiciones políticas y económicas de su país de origen lo excluyen; o un sistema económico que pretende una mayor satisfacción de la tasa de beneficio sin importar los costos sociales?

Es por ello que los “Chalecos amarillos” postulan entre sus reclamos:

No es normal que una persona que trabaje en territorio francés no se beneficie del mismo salario y de los mismos derechos. Toda persona con derecho a trabajar en territorio francés debe estar en igualdad de condiciones con un ciudadano francés y su empleador debe cotizar igual que un empleador francés.

Así, los migrantes no serán más una variable de ajuste que ponga techo a los salarios de todos los que trabajan en aquél país. Pero además, quitamos de la ecuación la razón “que las parió a todas” en términos de xenofobia.

Agregan además:

Que las causas de las migraciones forzosas sean tratadas.

Que se dé buen trato a los solicitantes de asilo. Les corresponde alojamiento, seguridad, alimentación y educación para los menores. Trabajar con la ONU para que se habiliten lugares de acogida en varios países, a la espera de resolverse su solicitud de asilo.

Devolución a sus países de origen de quienes vean rechazada su solicitud de asilo.

Comprendiendo también la situación de aquellos que viven en asilo político, que no sólo les es negado su derecho al arraigo en su lugar de origen sino que también viven una situación muchas veces insostenible en el sitio de acogida.

Y por último:

Implementar una política de integración real. Vivir en Francia implica llegar a ser francés (curso de lengua francesa, curso de historia de Francia y curso de educación cívica, con certificación al terminar todos los cursos).

Pretendiendo la inclusión social de todos los que habitan ese país. Si no comprendemos la lengua que nos comunica, ni la historia que nos une, ni las prácticas que nos socializan, es imposible que conformemos la misma Nación. Es verdad, que el origen de los migrantes y los nativos franceses es distinto: pero su destino los hermana.

Los chalecos amarillos, mostrando una clara concepción política, entienden que para enfrentar a la oligarquía financiera internacional que saquea los recursos del país, deben combatir lado a lado todos aquellos que viven de su propio trabajo.

La Argentina es también un país de inmigración. Nuestros abuelos y bisabuelos hablaban lenguas distintas y recordaban una historia muy diferente. La Ley 1.420 de Educación común, gratuita y obligatoria, hizo que sus hijos entretejieran un destino en común, en el mismo idioma y con las mismas prácticas cívicas.

No obstante aquí también la inmigración más reciente, de compatriotas del Cono Sur, ha encontrado su rechazo en sectores de las clases medias. Basta recordar que hace no mucho tiempo, un dirigente autodenominado socialista culpaba a los paraguayos y bolivianos por los déficits del sistema de Salud; o que con demasiada frecuencia estos gentilicios son usados como insulto.

Pero hay otra variante más concreta del racismo en la Argentina: hacia dentro de la propia sociedad. Un racismo que excluye a los sectores más humildes, los etiqueta con el estigma de la criminalidad y le niega toda posibilidad de integración, marginándolos. Y cuando algo sale mal, siempre es culpa de los “negros de mierda”.

Como dijimos anteriormente, no son dos cosas distintas. Es el mismo odio de clase, que se expresa según convenga la situación. La Doctrina Chocobar, impulsada por la Ministra Bullrich y defendida por Macri, más que un procedimiento policial es la legitimación del racismo gorila; que se indigna del choreo de unos menores de edad pero ignora cómplicemente el saqueo de las multinacionales financieras. “Hay que matarlos a todos”, le gritan al policía para que lo remate por la espalda; sin querer advertir que ese chico, probablemente, murió un poco todos los días de hambre y de exclusión.

Son muchas las reflexiones que podemos sacar de lo que opinan los chalecos amarillos. Entre tantas, que para salir adelante como sociedad hace falta la integración.

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