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Liberalismo bueno y malo (iliberalismo)

Fareed Zakaria

Hay en el lenguaje una nueva y vieja palabra, de contornos un tanto difusos, que la hacen ser útil “para un lavado y un fregado”. Es “iliberalismo“. Los politólogos y periodistas liberales la han recuperado del cajón de trastos viejos y desempolvado.

El concepto se crea analizando las democracias que acaecieron después de la caída del muro y del supuesto “fin de la historia”. Era el año 1997 cuando Fareed Zakaria, un periodista indio-americano que trabaja para The Washington Post y la CNN, escribió que se han multiplicado las democracias en las que el Poder Ejecutivo avasalla los controles republicanos, se hacen de medios de comunicación y aplastan a las minorías con ese cheque en blanco que, supuestamente, les dio haber ganado las elecciones. El prisma por el que se mira al sistema democrático es bastante norteamericano, por cierto. El universo de palabras esta impregnando de Alexis de Tocqueville y Locke. Y Zakaria viene a ser su acérrimo defensor.

No está de más decir que esta forma particular de liberalismo (político, institucional) trae aparejado la mayor de las veces el liberalismo económico, menos practicado por sus propagandistas que lo que se pueda imaginar. Pareciera ser que el liberalismo bueno, nacido en las entrañas europeas y flameado desde Norteamérica con júbilo, oculta al libre mercado. Este parece ir solapado en el discurso, en el paquete.

El liberalismo nuestro, y el prestado

Pero en nuestro continente lo liberal no tiene en todos los aspectos el corte “puro” norteamericano ni europeo. La ilustración y el positivismo tuvieron un carácter distinto en estas pampas debido al mestizaje ideológico que dieron la Iglesia Católica -más precisamente los Jesuitas- sus clases dominantes -oligárquicas, de características rentistas, no burguesas- con los criollos y los indígenas. Lo liberal autóctono tenía – y tiene- características revolucionarias como las de San Martín o Bolívar, con rasgos religiosos y a veces místico e incluso con propuestas concretas monárquicas, como la del Libertador, proponiendo un monarca Inca a la cabeza de las regiones liberadas. Ese liberalismo no podía si quiera proclamarse sin arraigo popular profundo, sin elección de sus jefes “desde abajo”; tal es la importancia de los caudillos-generales. Además, ese liberalismo combatía al otro liberalismo, el prestado.

Además de traer las ideas e instituciones prestadas de la burguesía europea en ascenso, Rivadavia -primero- y Macri -actualmente- traían el liberalismo económico, el oculto. Por extranjero y antipopular se dieron la tarea de poner palos donde había resistencia. Macri aprovechó, además, una desnaturalización de la democracia, que ahora parece puramente formal, como la soberanía; un “cascarón vacío”, en palabras de Mandela. Para Atilio Borón “los ciudadanos de nuestras democracias se vieron atrapados por una situación paradojal: mientras que en el “cielo” ideológico del nuevo capitalismo democrático se exaltaba la soberanía popular y el amplio repertorio de derechos consagrados constitucionalmente, en la prosaica “tierra” del mercado y la sociedad civil los ciudadanos eran despojados prolijamente de esos derechos por medio de crueles y acelerados procesos de “desciudadanización” que los marginaban y excluían de los beneficios del progreso económico y la democracia.”

Distintas libertades

Para los gobiernos de dictaduras mediáticas como el actual, el liberalismo es utilizado en los mercados para asegurar la rentabilidad de los especuladores, que en el resto de nosotros se traduce como la libertad de morirse de hambre. Fidel lo expresaba en un discurso en los 60 diciendo que el primer derecho que exigen las empresas es el derecho a despedir trabajadores. En otros muchos sectores la libertad es “de comprar dólares” o de consumir lo que le venga en gana. Frecuentemente hay, para defenderse de acusaciones dictatoriales, un discurso “progre”, de reivindicaciones de minorías o “de vanguardia” -sexuales o raciales, incluso ecologistas-. Pero debemos destacar que es una estrategia, un recurso para edulcorar la dictadura actual. Una trampa. Es que es verdad lo que dice Fromm respecto a las libertades que dio el capitalismo: “Aun cuando la libertad le ha proporcionado [al ser humano] independencia y racionalidad, lo ha aislado y, por lo tanto, lo ha tornado ansioso e impotente”. En tales situaciones nos hacemos más permeables a las consignas de una libertad despojada de conflicto. Una libertad individualista. Es allí donde crece el debate falso.

Falso debate, o cómo sacarse el sombrero

En realidad, es falso que se deba optar entre gobiernos de corte liberal (económicamente abiertos al mundo, respetuosos de la libertad individual tanto en el área sexual como en la de hacer negocios, con controles electorales cada cierta cantidad de tiempo) o iliberal (con rasgos autoritarios, con el uso de la mayoría aplastante para suprimir división de poderes republicanas y minorías disidentes, con economías proteccionistas). En Latinoamérica, lo verdaderamente popular, vale decir, lo que mejoraba la calidad de vida de los sectores trabajadores no excluía -ni excluye- reivindicaciones de libertad individual respecto de hábitos de consumo o cualquier elección, por poner un ejemplo. Todo lo contrario: es imposible que una comunidad desarrolle todo su potencial social y humano con baja discusión de la cosa pública, carente de recursos para llevar adelante sus proyectos y sofocadas las instituciones y gremios existentes que sirvieran a tales fines. No hay libertad individual ni colectiva en contextos de ajuste. Salvo para unos pocos.

La defensa a ultranza y epidérmica de las instituciones y la república -como lo hacen quienes escriben señalando como iliberal a todo gobierno disgustado con los bancos- es una herramienta peligrosa cuando están en manos equivocadas. Fueron justamente las instituciones “de la república”, cooptadas por un séquito de dirigentes impopulares, los que entorpecieron las tareas nacionales en connivencia con el enorme aparato político ideológico de los medios de comunicación y, como no, la Universidad. Sucedió en Brasil y en Argentina, ahora, y con Perón, y antes con Yrigoyen.

Resulta entonces que este concepto ahora recuperado, “iliberalismo”, sirve como palabra de inteligentes para criticar a gobiernos populares, pero es un nuevo sombrero prestado para ajustar cabezas. No nos dejemos engañar, las tareas nacionales usan palabras propias, necesitan de la democracia y del debate, de la cultura política y de un pueblo dispuesto a desechar los sombreros prestados por las buenas. Y por las malas también.

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