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Para pensar Malvinas: la gesta del gaucho Rivero y la soberanía sobre las Islas

RESEÑA HISTÓRICA DEL CONFLICTO ARGENTINA-GRAN BRETAÑA POR LAS ISLAS MALVINAS. LA CUESTIÓN DE LA SOBERANÍA.

Introducción

Luego de la guerra de los siete años (1756-1763), Gran Bretaña derrotó a la alianza franco-española haciéndose del control marítimo y colonial sobre parte de América y Asia, convirtiéndose en la principal potencia marítima, afianzando su expansión y por lo tanto la del sistema capitalista mercantilista.

La debilidad de la burguesía española para transformarse en la clase social que industrializara España, aun con la riqueza extraída de las colonias del nuevo mundo, lanzó a Gran Bretaña a las intrigas que culminaron en la fragmentación en 20 Estados de los antiguos virreinatos de América. En consecuencia, Manuel José García, diplomático argentino durante el gobierno de Rivadavia, siguiendo instrucciones del inglés Ponsomby, ponía fin a la guerra del Brasil con la entrega de la Banda Oriental, separándola de las Provincias Unidas del Río de la Plata. A su vez, la caída de O’Higgins en el hermano país trasandino, determinó la consolidación de la oligarquía chilena en alianza con el imperio británico y de esa manera cada ciudad fundada alrededor de un puerto se constituyó en un país independiente.

Así como San Martín, Artigas o Bolívar defendían la causa de unidad frente a la monarquía absoluta española primero y ante las maquinaciones inglesas después, lo propio hacían los caudillos federales o los llaneros venezolanos contra el monopolio portuario que garantizaba el ingreso de las mercancías británicas en detrimento de la insipiente industria local.

En ese marco, el conflicto de Malvinas se suscita como consecuencia de la política británica de expansión, transformándose Malvinas en “la llave del Pacífico”.

Antonio Rivero (Antook para los británicos) defendió el derecho soberano de las Provincias Unidas del Río de la Plata sobre las Islas, luego de que una tercera invasión inglesa avasallara dicho territorio. El gaucho entrerriano expulsó al inglés y enarboló en Puerto Soledad “un improvisado trapo azul y blanco”.

Desde la usurpación de 1833, el reclamo de soberanía no ha cesado. Cabe destacar la ferviente defensa llevada a cabo por Manuel Moreno en tierra londinense en representación de las Provincias Unidas del Río de La Plata, y el incesante trabajo diplomático argentino que culminó en claras resoluciones de la ONU en favor de nuestro país. Malvinas es hoy uno de los últimos enclaves coloniales británicos, y al mismo tiempo, una causa latinoamericana.

Malvinas: descubrimiento, colonización y soberanía

La política marítima española del siglo XVI llevó a Magallanes a descubrir el estrecho que hoy lleva su nombre y que vinculaba, y vincula, en el sur de las colonias españolas los dos grandes océanos. Está comprobado que los primeros en avistar las islas fueron españoles, lo que surge de la cartografía de la época, pero los autores no acuerdan en quién fue el descubridor del archipiélago: Américo Vespucio, Magallanes o Esteban Gómez (este último un desertor de la expedición de Magallanes que en su regreso a Europa habría divisado las Islas).

Como el derecho de la época imponía, el descubrimiento debía perfeccionarse con la ocupación, que en el caso en cuestión, no fue por los españoles ni tampoco por las expediciones inglesas ocurridas años después, sino por los franceses.

En 1764, el marino francés, Louis Antoine de Bouganville, estableció en Malvinas el fuerte Saint Louis tomando posesión del archipiélago en nombre de su soberano. De este hecho tomó conocimiento la Corona Española y formuló el correspondiente reclamo ante el cual

“el gobierno francés reconoció su error; Bouganville fue a Madrid, y el 4 de octubre de 1766 cedió voluntariamente la colonia, recibiendo una suma que compensaba los gastos efectuados. El mismo día el gobierno español nombraba al capitán de navío Felipe Ruiz Puente gobernador de las Islas Malvinas bajo dependencia del gobierno de Buenos Aires”[1].

Recién en el año 1765, el inglés John Byron estableció el denominado Port Egmont (por un capitán inglés) en el archipiélago malvinense, y siguió camino a Magallanes. Egmont, envió una nota al ministro inglés Grafton donde expresaba

“la gran importancia de la estación (…) La base que pretendían establecer sería la llave de todo el Océano Pacífico”. Con claridad destacaba la importancia de “esta isla” que “debe dominar los puertos y el comercio de Chile, Perú, Panamá, Acapulco y, en una palabra, todo el territorio español que da sobre ese mar. Hará que en adelante todas nuestras expediciones a esos lugares nos resulten muy lucrativas, de carácter fatal para España, y ya no serán tan tediosas e inseguras en una guerra futura (…) Su Gracia se dará cuenta (…) de las prodigiosas ventajas que en el porvenir representará el establecimiento de una base a la primera nación que se instale en ella firmemente”[2].

El Historiador J. Goebel (de quien procede la cita) señala este documento como “una exposición notable del imperialismo británico”.

Al año siguiente, otro inglés, John Mac Bride, fue enviado por la Corona Británica para establecer en Port Egmont una población inglesa, inspirado en aquella nota.

Cuando la noticia llegó a España, se realizó el reclamo pertinente como en el caso de Francia, pero con resultado distinto debido a que los ingleses se negaron a dialogar. Esto determinó que una escuadra enviada por el gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli, el 10 de junio de 1770, atacara y expulsara al invasor inglés. Al año siguiente, ambas coronas firmaron una “Declaración” y una “Aceptación” por la cual España desaprobaba los sucesos ocurridos en 1770 y restituía la posesión de Puerto Egmont a los ingleses. A su vez, por una “promesa secreta”, Gran Bretaña se comprometía a restituir el territorio a España ya que aquella “Declaración” se había realizado para “salvar el honor de la corona británica”.

La aludida “promesa secreta” no está probada documentalmente, no obstante Sabate Lichtschein (citado por Jorge Vicchi en su obra) afirma que los hechos hacen suponer tal promesa ya que “en 1774 los ingleses se retiraron de las islas y no volvieron más durante todo el dominio español”.

La Bula del Papa Alejandro VI de 1493, el tratado de Tordecillas de 1494, el Tratado Americano de 1670, el Tratado de Utrecht de 1713 o la Convención de San Lorenzo de 1790, establecieron la soberanía de la Corona española sobre las islas y en ninguna de las convenciones internacionales mencionadas (particularmente en las últimas dos en las que participó el gobierno británico), se hace reserva alguna sobre dicha soberanía. Tampoco surge reserva alguna del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación suscripto por Argentina y Gran Bretaña en 1825.

Esto nos permite coincidir con el historiador Goebel, pero además indicar que el conflicto de Malvinas afinca en una cuestión geopolítica y económica (antes por la explotación pesquera y hoy por la explotación petrolera) y no en títulos, que claramente favorecen a España y por lo tanto, con la Independencia, a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Según la regla de Derecho Internacional Uti Possidetis Iuris, los países americanos independizados de España tenían derecho a los mismos territorios que conformaban las divisiones coloniales de la Corona Española al momento de su emancipación. Dicho principio ha sido aceptado por los ingleses. Así un profesor británico (Deas), citado en la obra del mendocino Jorge Vicchi, afirma que

“no hay dudas legales acerca de que Argentina sucedió a España en esa región, por lo menos para los países latinoamericanos que aceptaron el Uti Possidetis. El Uti Possidetis no es obligatorio para nosotros, pero no hicimos nada para reclamar las islas después de 1811. La Argentina lo hizo en 1820”[3].

En noviembre de 1820, David Jewett, al mando de la fragata de guerra Heroína, enarboló el pabellón nacional en Puerto Soledad, realizando la formal toma de posesión de las Islas Malvinas en nombre del gobierno de Buenos Aires, con la correspondiente publicidad, inclusive en Europa y EEUU[4].

A partir de ese momento, Buenos Aires continuó ejerciendo actos de soberanía sobre las Islas. Fueron designados como gobernadores de Malvinas en 1823 Pedro Areguati, en 1829 Luis Vernet y en 1832 Juan Esteban Mestivier.

La usurpación inglesa

La designación de Luis Vernet como Comandante Político y Militar de las Islas Malvinas, implicó uno de los últimos actos de soberanía ejercido por Buenos Aires. Entre otras cosas, Vernet reglamentó la actividad pesquera en el archipiélago.

La riqueza marina de las islas atraía su explotación de manera ilegal e indiscriminada. Esto llevó a Vernet a capturar unos buques norteamericanos, lo que culminó en el atentado de EEUU a las Islas como represalia al ejercicio de la soberanía argentina sobre Malvinas. Como “respuesta”, norteamericanos a bordo de la Lexington atacaron Puerto Soledad, inutilizando armamento, apropiándose de los recursos pesqueros, saqueando las residencias del lugar y destruyendo los edificios de gobierno.

Dicho atentado fue utilizado como excusa por los ingleses para usurpar las Malvinas. Como indica Bruno Tordini en su libro “Malvinas: Historia, aspectos jurídicos y económicos”, citando al historiador canadiense Ferns, Estados Unidos se comprometió a reconocer la soberanía británica de las islas a cambio del reconocimiento de derechos de libre pesca. Ello desnuda la histórica alianza entre Estados Unidos y Gran Bretaña.

Luego, Juan Manuel de Rosas designó como autoridad en Malvinas a José Francisco Mestivier, quien fue trasladado al archipiélago en la goleta Sarandí al mando del comandante José María Pinedo.

Al poco tiempo del arribo a Malvinas, Mestivier es asesinado, quedando a cargo Pinedo, cuyas instrucciones consistían en “nunca rendirse a fuerzas superiores sin cubrirse de gloria en su gallarda resistencia”.

El 2 de febrero de 1833 el buque Clío al mando del capitán inglés Onslow, se presenta en Puerto Soledad y notifica a Pinedo que venía a tomar posesión de las islas, quien sin ningún tipo de resistencia y violando las instrucciones recibidas, abandonó la posición. Cabe aclarar que quien estaba al mando de la goleta Sarandí es ascendiente de Federico Pinedo, a la fecha Presidente Provisional del Senado (por el PRO). La misma entrega realizada por José María Pinedo en 1833, se condice con las aspiraciones británicas en la actualidad, ya que es de púbico conocimiento la opinión del ministro británico para América Latina, Hugo Swire, sobre la “madurez” de Macri para negociar respecto a la cuestión Malvinas.

Antonio Rivero: ¿resistencia al invasor o “delincuente y asesino”?

Luego de la usurpación de Malvinas por parte de los ingleses, la “expedición” al mando de Onslow, abandonó el territorio de las islas quedando a cargo de ellas el irlandés Guillermo Dickson, responsable de izar la bandera británica, el inglés Brisbane y un francés apellidado Simón.

Estas “autoridades” humillaron a la escasa población argentina en Malvinas, negándoles alimento, extendiéndoles las tareas campestres y ejerciendo excesos de autoridad sobre el gauchaje.

En agosto de 1833, un grupo de gauchos e indios enfrentaron la usurpación inglesa, tomando las islas y enarbolando la bandera argentina. La versión inglesa de los hechos que tomó el carácter de historia oficial en nuestro país, ha tachado el “episodio Rivero” como el accionar de un “delincuente”, con el objeto de quitarle carácter patriótico a los hechos.

Los gauchos e indios que recuperaron las Malvinas estuvieron al mando de Antonio Rivero, un peón de campo entrerriano, analfabeto y soldado de Dorrego, que llegó a las islas en 1826.

El levantamiento comenzó la madrugada del 26 de agosto, tomando la casa de la comandancia que estaba en manos de los ingleses. Terminaron con la vida de los cuatro ingleses presentes como autoridad en aquel momento, y luego de arriar la bandera inglesa, izaron la azul y blanca.

En marzo de 1834, luego de los 7 meses que duró la recuperación de las islas, arribaron a las mismas los buques ingleses “Challenger” y “Hopeful” con el objetivo de perseguir y capturar a los hacedores de la derrota británica en 1833.

Los ocho argentinos anti-imperialistas fueron perseguidos por las tropas británicas, algunos fueron asesinados y los que quedaron con vida, apresados y llevados a los tribunales ingleses. Varias expediciones fueron necesarias para dar con la gallarda valentía de estos gauchos. El último en ser capturado, fue el mismo Rivero.

Una vez en Londres, el Ministerio Fiscal a cargo del inglés Phillipps indicó que

“sería escasamente aconsejable si resultase una condena, de llevar a ejecución” lo que según Mario Tesler “deja entrever una probable exaltación de los gauchos como autores de una resistencia al usurpador, por parte de nuestro pueblo y gobierno”[5].

Rivero fue liberado en las costas de Montevideo en 1835. Si bien nunca más volvió a pisar las islas Malvinas, su resistencia al invasor no terminó allí, sino en la batalla de la Vuelta de Obligado donde murió a los 37 años bajo la bandera argentina que enfrentaba a la flota anglo-francesa.

“Los gauchos no tendrían, sin duda, una concepción precisa y clara del significado actualmente asignable al vocablo patria. Pero nos inclinamos a pensar que los gauchos la sentían en forma primigenia. Sabían perfectamente lo que era el gringo invasor. En aquella primera etapa de resistencia y ajusticiamiento de los representantes del gobierno británico, a la manera gaucha, el levantamiento fue suficiente”[6].

La versión “oficial” de los acontecimientos conducidos por el entrerriano federal, ha tergiversado los hechos, eliminando el contenido político que los mismos poseen.

La Academia Nacional de la Historia, fundada  por Bartolomé Mitre, respecto a la figura del gaucho Rivero, expresa en forma literal que

“los antecedentes históricos documentados hasta el momento no son nada favorables para otorgar a Rivero títulos que justifiquen el homenaje que se proyecta, con más buena fe y entusiasmo patriótico que verdad histórica”[7].

Cabe destacar que los documentos en los cuales la Academia se basa para dar este dictamen son de origen británico y es bien sabido que no es la primera vez que esta institución desestima todo acto o material histórico que contribuya a la conformación de una historia contraria a la anglo porteña que se nos ha impuesto; así podemos recordar lo acontecido con la “falta de autenticidad” del Plan de Operaciones de Mariano Moreno.

Arturo Jauretche, expresa en su libro “Polémicas”[8], en una discusión sostenida con el historiador Félix Luna, que existe y existió siempre una política de la historia sostenida por un aparato poderoso de la superestructura cultural que por medio de la falsificación, perturba el pensamiento de las generaciones próximas, así la historia

“es sólo un instrumento de planes más vastos destinados precisamente a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una conciencia histórica que es la base necesaria de toda política de la nación”[9].

Mitre decía en 1861 al inaugurar el Ferrocarril Sud:

“démonos cuenta de este triunfo pacífico, busquemos el nervio motor de esos progresos y veamos cuál es la fuerza inicial que lo pone en movimiento. ¿Cuál es la fuerza que impulsa ese progreso? Señores: es el capital ingles”[10].

El mismo carácter pro inglés del creador de La Nación, tiene la Academia Nacional de la Historia que durante el gobierno de Onganía, decidió “convenientemente” que el gaucho Rivero era un delincuente y un asesino y no era digno de homenaje.

El reclamo de Buenos Aires

En 1827 comenzaba su gobierno Manuel Dorrego, un federal que recibió el apoyo de los caudillos del interior por sus medidas proteccionistas como el control de las divisas que evitaba la transferencia de capitales al exterior (lo que sí había sido garantizado por el gobierno pro-británico de Rivadavia). No resulta extraño que Antonio Rivero haya sido su soldado.

La suerte de Dorrego fue determinada por la política británica que enfrentaba sus medidas, y las clases sociales aliadas al “gringo invasor” lo asesinaron. Dorrego pretendía también continuar la guerra contra el Brasil, luego de la traición rivadaviana llevada a cabo por Manuel José García.

Un año antes de la usurpación inglesa, Manuel Moreno, ejerciendo funciones diplomáticas en Londres, alertó al ministro Manuel José García de la posibilidad de dicha usurpación. Como era de esperar no hubo respuesta alguna del ministro.

Durante los próximos 17 años los reclamos de soberanía serán ejercidos por Manuel Moreno, por la vía diplomática ya que se había descartado la opción de recuperar las Malvinas a través de las armas, entre otras cosas, como dice José María Rosa, por nuestra dependencia de Gran Bretaña por causa del empréstito de la Baring Brothers.

“Un deudor no puede romper relaciones con su acreedor y la Argentina no estaba en condiciones de pagar su deuda y asumir la actitud gallarda correspondiente. Esto, por lo demás, lo sabía perfectamente el gabinete británico”[11].

Manuel Moreno, en sus “protestas”[12] describe los títulos y derechos que le son propios a las Provincias Unidas del Río de La Plata, primero los de España y luego los de Buenos Aires, y en relación al acuerdo de 1771 entre Gran Bretaña y España, Moreno afirma que

“…el Gobierno Español en este instrumento solemne protesta que la restitución del puerto Egmont no le debe perjudicar, y se reserva sus derechos a la soberanía de las Islas. El Gobierno de S. M. B. precisamente en el acto de responder a este instrumento y de aceptarlo, se calla sobre aquella cláusula…”[13].

En tiempos de Rosas, se le encomendó a Moreno que iniciara tratativas con Gran Bretaña para venderles (1838) o arrendarles (1848) las Islas Malvinas a cambio de anular la deuda que Rivadavia había contraído con la Baring Brothers. Rosas pretendía cancelar las negociaciones una vez que la Corona Británica aceptara la propuesta, ya que al aceptar a Malvinas como un bien del que las Provincias Unidas del Río de la Plata podían disponer para saldar la mencionada deuda, estaba aceptando la soberanía rioplatense sobre el archipiélago. Inglaterra, consciente de la medida de Rosas, jamás se sentó a negociar.

En 1835, Juan Manuel de Rosas expresó en apoyo a Manuel Moreno que

“…el gobierno jamás desistirá de su empeño de reclamar también de la justicia del gabinete británico el reconocimiento de los claros e incuestionables derechos de la República a aquellas islas y la competente reparación”[14].

Soberanía sobre las Islas Malvinas

Los distintos aspectos que marcan la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas ya han sido probados por los autores que se remiten a las fuentes que hemos sintetizado en este capítulo; pero también por la diplomacia internacional, fundamentalmente las Resoluciones de la ONU (sobre las que haremos las disquisiciones pertinentes más adelante).

Por el criterio geográfico, las Islas se hallan en la misma plataforma continental (Mar Argentino), argumento esgrimido por Argentina en su favor frente a la distancia de 14.000 km que existe entre Gran Bretaña y Malvinas. En cuanto a los derechos históricos, los que hemos referido en este primer capítulo son los que han fundado la posición argentina, reconocidos por la comunidad internacional con expresión en el seno de la Organización de las Naciones Unidas. Este último criterio se complementa con los derechos jurídicos de la efectiva ocupación (Uti Posidetis Iuris) rioplatense, frente a la ocupación “ilícita, clandestina, tardía, contestada, parcial, breve y precaria”[15] de Gran Bretaña.

El objeto de la presente investigación no gira en torno al cotejo de los argumentos encontrados entre Argentina y el Reino Unido, pues consideramos que la soberanía argentina sobre las Malvinas está demostrada, por lo que nos hemos limitado a esgrimir las razones que fundan nuestra posición sobre el tema, y que profundizaremos más adelante cuando hagamos referencia al papel de la ONU en el marco del Derecho Internacional y de la Comunidad Internacional, a los efectos de reflexionar sobre los intereses geopolíticos que giran en torno a las Islas Malvinas.

Dejemos al final de este capítulo que nos ilustre Colin Phipps, parlamentario británico por el Partido Laborista y geólogo de la Shell, que en su informe de la década de 1970 decía:

“(…) si la reclamación argentina a la soberanía no enturbiara la situación, la más estrecha cooperación con la Argentina sería natural y esencial no sólo desde el punto de vista económico sino de las condiciones naturales del lugar. (…) Si llegaran a descubrirse hidrocarburos comerciales el efecto sería diferente. Habría que calcular un aumento de población de mil habitantes adicionales. Se crearían fuentes de trabajo para cinco o seis personas por cada trabajador full time de la industria petrolera. (…) Si los dos sectores perteneciesen a diferentes nacionalidades [las islas Malvinas y la tierra continental], y no existiese ningún reclamo de soberanía, es probable que algunas bases de apoyo, justificadas por el interés nacional [británico], pudiesen desarrollarse en las Islas Malvinas. Pero la abrumadora lógica que impone impulsar el desarrollo desde el continente tendría que prevalecer aún. Es, por tanto, esencial que ningún paso sea adoptado para explotar el petróleo hasta que el problema argentino sea resuelto”[16].

Como indica Bernal en la obra citada, Phipps fue asesor petrolero de Margaret Thatcher, al mismo tiempo que estuvo presente en la reunión de gabinete en la que se decidía que Gran Bretaña le declaraba la guerra a la Argentina. Más adelante, en 1996, Colin Phipps fundaría la Desire Petroleum, operadora petrolera que obtuvo las primeras licencias otorgadas ilegalmente por los kelpers.

[1] Jorge Vicchi, Malvinas, un problema pendiente, Mendoza: Fondo Editorial San Francisco Javier, 2011, 26.

[2] Hugo Gambini, Crónica documental de las Malvinas, Buenos Aires: Editorial Redacción SA, 1982, 98.

[3] Luis Vicchi, Op. Cit., 36.

[4] Luis Vicchi, Op. Cit., 36.

[5] Hugo Gambini, Op. Cit., 259.

[6] Ibídem, 257-258.

[7] Ibídem, 255.

[8] Arturo Jauretche, Polémicas; Nosotros no somos jueces, somos fiscales, Buenos Aires: Editorial PEÑA LILLO, 2007.

[9] Ibidem.

[10] Jorge Abelardo Ramos, Revolución y contrarrevolución en la Argentina; Del Patriciado a la Oligarquía, Buenos Aires: Edición del Senado de la Nación, 2006, 31-32.

[11] José María Rosa, Historia Argentina, Tomo 4, Buenos Aires: Editorial Oriente S.A., 1974, 189.

[12] Moreno, Manuel, Protesta formal a la Corona Británica sobre el procedimiento de aquel gobierno en relación a la soberanía y posesión de las Islas Malvinas, Buenos Aires: Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, documento del 17 de junio de 1833. Disponible en  https://es.wikisource.org/wiki/Protesta_diplom%C3%A1tica_de_la_Argentina_por_la_ocupaci%C3%B3n_de_las_Malvinas_en_1833 (Consultado el 16 de junio de 2014).

[13] Ibídem.

[14] José María Rosa. Op. Cit., 188.

[15] Caracteres de la usurpación británica conforme a las normas de Derecho Internacional.

[16] Federico Bernal, Malvinas y Petróleo, una historia de piratas, Buenos Aires: Claves para todos, Colección dirigida por José Nun, Editorial Capital Intelectual, 2011, 30-31.

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