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Permítanme la esperanza

Por Agusto Remo Erdosain

Un amigo, de esos que son para toda la vida, tuvo el agravio de rebatir mi desesperanza. Verán, en vísperas del comienzo de un nuevo gobierno, le confesé cierto escepticismo acerca la Argentina que venía. No podía disimular el miedo ante la posibilidad del fracaso del nuevo presidente y del retorno de la infamia a la que los argentinos parecíamos condenados a repetir una y otra vez.

Pero mi amigo, quien habiendo escuchado mis intrigas, tuvo la osadía de no dejarse convencer; esbozo una sonrisa y afirmó sin que se le moviera un solo pelo: “Amigo, permítase la esperanza”.

Sorprendido ante lo que me resulto una contestación banal, le sugerí: “La esperanza es un “presente griego”, de esos que lucen oropeles y terminan siendo un castigo de los dioses para los ilusos”. Como notarán, robando de algún párrafo de Dolina (autor de nuestra preferencia) es que intenté guiar a mi amigo a la razón por el camino del corazón.

Pero con él no hubo caso. Nuevamente, se plantó e insistió: “Por favor mi amigo, que no le roben la esperanza”.

Me sentí subestimado. “A mí nadie me roba nada” y apelando a la descalificación como último recurso le grité: “no seas cabeza de termo”. Instantes más tardes, exhausto y avergonzado por el exabrupto, abandoné mis cometidos con el sabor de amargo que nos dejan las discusiones que no podemos ganar.

Me exasperaba la ligereza con la que se expresaba. Creer en algo o alguien no es usual en estos tiempos de modernidad liquida. Pero mi amigo, inmutable ante mis intentos de desairar sus aspiraciones, mantenía la sonrisa serena de quien se sabe tranquilo. Peor aún, convencido de lo que piensa.

Al verme abatido, el Imperturbable finalmente se explayó: “Es cierto, nos han quitado todo. Pareciera que cada día somos un poco menos libres que el anterior. Y encima de todo, a la crudeza de una realidad evidente se la disfraza con las mentiras de estos, como gustaría llamar a nuestro amigo Alejandro – y haciendo un ademán despectivo -, Refutadores de Leyendas. Siniestros personajes que no escatiman esfuerzos en expropiarnos la ilusión en función de sus propios intereses. ”

“Pero – continuó- que algunos pocos, en nombre de la República, la Razón Científica, la Alta Cultura o la Madre en Coche, justifiquen con intricados sofismas su odio hacia el Pueblo y nos nieguen la posibilidad de forjarnos nuestro propio destino, no debiera sorprenderos. Han sido 200 años así y contando. El problema es cuando sus fundamentos calan en nosotros y en nuestros semejantes. Marginados del festín de pocos, incubamos el rencor propio de quienes creen que nada puede cambiar. Y si nada puede cambiar, no nos queda otra que el salvase quien pueda.”

Ante mi rabioso escepticismo, mi amigo nuevamente clamó: “Le ruego, no se deje vencer por la desazón. Dese el lujo, que es lo que hoy parece ser, de esperanzarse.”

– “Pero ¿es que acaso no hay motivos para desesperanzarse? ¿Acaso – lo interrogué expectante – no reconoce el largo y sinuoso camino que nos queda por delante? Peor aún, ¿acaso olvida el camino de frustraciones que ya hemos atravesado? ¿No es el fracaso, nuevamente, el destino más probable?”

– “Siempre lo es – sinceró – y tengo claro que no son pocos los motivos para refutar la esperanza. Pero nos sobran también los motivos para ilusionarnos. Porque contrariamente a lo que quieren hacernos creer, no toda emoción colectiva es innoble. Porque creemos pero no basados en dádivas o en misticismos. A nosotros nos rige la emoción, sí, pero también la razón. Las razones, mentadas y profundas, que fundan la necesidad de una sociedad más justa, de una patria libre y de un destino verdaderamente soberano.”

“Porque – la esperanza en tiempos de zozobra es un acto de rebeldía… aun cuando el fracaso parece el destino más probable”- concluyó.

Para ese momento, hacía rato que había dado cuenta de que mi supuesta racionalidad empírica había resultado infinitamente más ingenua que el idealismo de mi amigo. Pero, por eso del orgullo, me mantuve reacio a reconocerlo. “¿Y entonces…? – pregunté – ¿qué hacemos con tanta esperanza?”

“Contagiarla – dijo, sonriéndome por última vez – que no es poco”.

A pesar de sus esfuerzos, me despedí de mi amigo, que como señale al principio, es de esos que duran para toda la vida, con mis dudas persistentes. A la mañana siguiente, las razones de mis intrigas seguían allí. Pero hoy cuando encendí el televisor y presencie la Plaza de Mayo llena, me permití el lujo de esperanzarme. Y les aseguro que para mí, como para millones de argentinos y argentinas, no es poco.

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