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Pichetto era la única opción

El país se resquebraja con el gobierno de Cambiemos, que ve cada vez más cerca y más oscuro el mes de octubre. La tan mentada “polarización” que el oficialismo ha utilizado como estrategia electoral desde su llegada a la Casa Rosada, ha dejado de ser útil en el contexto de crisis, al punto de tornarse contraproducente.

Ni Cristina subiendo las escaleras de Comodoro Py, ni los bolsos de José López en las planas de los diarios sirven para ocultar la única verdad, que es la realidad: más del 30% de pobreza, desempleo en alza, inflación proyectada de más del 50% anual, y endeudamiento record al unísono con la fuga.

Peor aún han sido los últimos meses para Macri. Las encuestas, desde principio de año presagian la derrota, y a ello se le sumaron dos hechos claves. El primero fue la seguidilla de desastres electorales en las provincias para la coalición: de las diez elecciones que se han llevado a cabo, Cambiemos no perdió sólo dos, Jujuy y Mendoza. En las otras 8 restantes ganaron frentes opositores. El segundo hecho fue la determinación de Cristina de bajarse de la candidatura a la presidencia y poner a Alberto Fernández en ese lugar.

Ésta última, ante todas las otras, fue la situación más gravosa para el macrismo. La eficacia de la “polarización” se terminó con la amenaza de la unidad. El peronismo todo en un mismo frente, parecía (o parece) insuperable.

Al igual que Cambiemos, pero peor aún, estalló Alternativa Federal, el proyecto más exitoso para sustraer votos al campo nacional, que ya había generado beneficios antes. Recién anunciada la fórmula Fernández-Fernández, los templados conductores de la “avenida del medio” empezaron a volantear a los costados, como si un camión doble acoplado sin frenos los estuviera por aplastar. Sin dudas, el que llevaba el auto más cargado de votos era Massa, y su acuerdo con Alberto Fernández parece prenderle el último botón de la camisa negra al oficialismo. Juntos miden cerca de 45 puntos.

¿Qué opciones le quedaban a Macri? Prácticamente ninguna, y desde el radicalismo algunos se lo hicieron saber. No hay que confundir; los radicales tampoco tenían otra opción. Si Macri pierde, de la UCR van a quedar las banderas, dos provincias y un Alfonsín desolado. Un candidato radical no aporta votos a Cambiemos, que ya los tiene casi todos. No vamos a decir que a Pichetto lo eligieron por los votos, porque sería un facilismo y además una falsedad. El acuerdo con el ex “avenida del medio” tiene otras connotaciones.

La maniobra de Cristina, poniendo antes a un Alberto Fernández que hasta hace algún tiempo hacía fuertes declaraciones en contra de ella y su gobierno, fue todo un hecho. ¿Qué mejor muestra de unidad que la unión entre dos dirigentes que antes se sacaban chispas, al menos en lo discursivo? Eso puso en jaque a la coalición gobernante: “con la polarización todo muy bonito, pero siempre y cuando sea contra el kirchnerismo, y con una Alternativa de por medio”. Esa posibilidad se diluyó.

Para desmentir a los filomacristas, que están más desorientados que turco en la neblina, la cuestión electoral no fue la que inclinó la balanza a favor de Pichetto. Si fuera por ello, la propuesta iba para Urtubey con más votos y hasta ayer, mucho más macrista que Pichetto.

A nuestro criterio, cuatro son los motivos primarios de la escalofriante fórmula. El primero, es que Pichetto estaba dispuesto, como pocos o ningún dirigente del peronismo. Segundo y de alguna manera simbólico pero clave, es que la fórmula no alimenta más esa polarización que ya le viene a contramano a Cambiemos. Ya no es el Cambiemos de los macristas, los radicales y los pichones de Carrió, contra el peronismo y lo que lo rodea. Ahora es el “Juntos por el Cambio” de todos éstos, con el favor de algún que otro peronista que pueda acompañar al senador rionegrino. De repente la unidad del peronismo es puesta en tela de juicio, por menor que sea el impacto.

La tercera de las motivaciones, habida cuenta de las anteriores, tiene que ver con el respaldo de un sector económico clave, que para no dar vueltas puede denominarse oligarquía financiera, que es justo eso. Se ha repetido hasta el hartazgo que el sector más beneficiado por Cambiemos fue el bancario, ante todo de bancos extranjeros, como el HSBC, Galicia, etc.

Durante abril el senador peronista, viajo a Nueva York para defender al gobierno ante los “inversores” mundiales, para persuadirlos de que no dejarían de enriqucerse con Macri gobernando y de que no habría devaluación, por lo que el apoyo de la elite financiera al gobierno debía continuar. Esto le valió a Pichetto de un mote de hábil negociador, peronista “racional”, o vendepatria en el lunfardo criollo. El drama aquí no es el hecho de nogociar por respaldo internacional, sino que pagarlo significa una economía argentina caminando hacia el cadalso y cada día más hambreados (de algún lugar el dinero se toma).

El establishment respalda al rionegrino; conoce su peronismo y es el garante del embargo al futuro de los argentinos; sin ese soporte a Juntos por el Cambio no le quedaría más que despedirse, tal vez en helicóptero. Por lo demás, es un reaseguro al discutir en búsqueda de una reforma laboral y otra previsional. Los bancos quieren a Pichetto justo en el lugar en que fue puesto.

El cuarto motivo es ante todo burocrático. Pichetto es jefe del bloque opositor en el Senado, que se enfrentó al desafuero de Cristina. Hasta ayer eran 22 bancas, todavía no está claro quiénes se van y quiénes no. Si esa determinación pierde solidez, de seguro el plan es hacerle daño a Cristina en otro ámbito fuera de lo electoral, quizás única manera de tener posibilidades en octubre. Junto a los 25 escaños oficialistas, el acuerdo lograría mayoría simple en la cámara alta. Pichetto ha declarado que no piensa cambiar su posición, lo cual nos hace dudar aún más de ella.

Dicho esto, es válido pensar que la decisión del gobierno de desoír a Peña y Durán Barba, que no querían saber nada con esa “ampliación” propuesta por el radicalismo, no es un error o un acierto. Es una necesidad única e ineludible para soñar con una segunda vuelta. Sinceramente y en desacuerdo con la rosca mediática oficialista, no creemos que Macri haya sido quien avizoró esto.

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