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Reforma laboral, elecciones y FMI: el orden de los factores sí altera el producto

Mientras las elecciones PASO tienen en vilo al país, se hace necesario echar un poco de luz sobre un tema que tímidamente fue tratado en la campaña: La Reforma Laboral. Si bien el oficialismo le confesó en la intimidad a los sectores empresarios que en caso de ganar en octubre la llevará adelante, no hizo de este asunto su caballito de batalla. No por una mera casualidad, sino debido al fuerte rechazo que genera en los sectores medios y, naturalmente, en el movimiento obrero. Por otro lado, Alberto Fernández si le dio mayor protagonismo en sus discursos y prometió no aplicar ningún tipo de reforma en caso de llegar a la Rosada. Se aseguró así el apoyo de gran parte de la dirigencia sindical, históricamente vinculada en términos políticos al peronismo.

Ahora bien, existe una relación entre las elecciones nacionales, la reforma laboral, y el FMI que será mejor intentar desentrañar. El Modelo Sindical Argentino, único en el mundo con sus errores y virtudes, fue fundado a mediados del siglo XX por influencia del peronismo y el constitucionalismo social. Ahora, su futuro depende básicamente de quién gane las elecciones y de la capacidad de negociación que tenga el próximo gobierno con el FMI. En este caso, el orden de los factores (elecciones y negociación con el Fondo) si alterará el producto (Si habrá o no reforma laboral). Veamos.

La deuda externa y el FMI

El endeudamiento externo durante el macrismo fue sideral. Según algunos economistas hoy representa el 93% del PBI. Fue el eslabón necesario para garantizar el modelo de especulación y valorización financiera que se montó en el país desde diciembre del 2015. El “carry trade”, o bicicleta financiera en criollo, y los demás mecanismos de fuga de capitales y transferencia de la renta nacional al exterior; fueron respaldados por una constante contracción de deuda en dólares. Tan desesperada fue la toma de deuda, que el mundo financiero dejó de proveer los dólares hacia fines de 2017, ya que veían la imposibilidad de repago del país. Entonces el gobierno, ante la inminente devaluación del peso argentino, tuvo que acudir al último recurso: el Fondo Monetario Internacional.

Desde su creación, después de terminada la II Guerra Mundial y la conferencia de Bretton Woods, el FMI ha sido una herramienta política de dominación imperial disfrazada de organismo financiero internacional. El poder se distribuye según la participación en el capital total del Fondo y, lógicamente, EEUU tiene una porción mayoritaria con poder de veto. Cuando un país se endeuda con el FMI luego debe acceder a los controles de este y, por supuesto, aceptar las condiciones impuestas para recibir la otra porción del préstamo “Stand by” (préstamos “a condición de”).

En síntesis el macrismo ha gozado de una pax cambiaria previo a las elecciones (solo perturbada por el efecto guerra comercial China vs EEUU) gracias al despilfarro de dólares que gastó el BCRA para mantener su precio alrededor de los $45. Si no fuera por el préstamo del FMI y los sucesivos adelantos de divisas y desembolsos que le dio al gobierno de Macri… ¿Quién sabe por dónde andaría el dólar? Ahora bien, todo tiene un precio en esta vida, y la hora de cobrar las gentilezas siempre llega. Si Macri gana las elecciones presidenciales no tendrá más remedio que intentar renegociar la deuda (no hay forma de pagar los vencimientos del 2020 y 2021) y aceptar las condiciones impuestas por el FMI. En ese sentido, si Macri gana, la Reforma Laboral es casi un hecho, una exigencia del Fondo para prestarle dólares al gobierno o estirar los plazos aunque sea un tiempito más. El ajuste en otros sectores del sector público será también inevitable.

En cambio, si ganan la fórmula Fernández-Fernández, habrá que esperar a ver qué capacidad de maniobra tienen y en qué términos logran sentarse a renegociar con el FMI. Hay buenos antecedentes con los canjes de deuda del 2005 y 2010, pero hay una diferencia aterradora. En 2005 Néstor Kirchner le pagó 10.000 millones de dólares al FMI con reservas de libre disponibilidad. Hoy le debemos 57.000 millones. Y las reservas “reales” o “genuinas” son de 11.000 millones de dólares. La Reforma Laboral dependerá de la entereza que tenga el posible gobierno de los Fernández y la fortaleza para resistir a las presiones del Fondo.

La Reforma en sí

Los sectores empresariales ProReforma (fundamentalmente UIA y CAME) hablan de modernización, productividad, y competitividad. Dicen que hay que “bajar el costo laboral” para ser competitivos en el orden internacional y estimular la producción. Esto generará trabajo genuino y “en blanco” y se acabará con “la industria del juicio laboral”.

Los sindicatos la rechazan por ser una flexibilización laboral encubierta. El antecedente de los 90´y 2000 enseña que nunca una reforma laboral y mayor flexibilización trajo aparejada la creación de trabajo genuino y en blanco. El 20% de desocupados en 2003, cuando Néstor Kirchner asumía la presidencia, es un índice por demás ilustrativo. Resulta irónico que se invoque la libertad de despedir en ara de la libertad de contratar.

Más allá del necesario debate, y también necesaria modernización del sistema laboral argentino (hay convenios colectivos de trabajo que datan de 1975, es obvio que hay que adaptarlos al primer cuarto del siglo XXI), resulta vil y sesgado presentar la “rigidez” del sistema laboral argentino como el culpable de la crisis económica que atraviesa el país. El verdadero problema de la producción hoy es la altísima tasa de interés (resulta más rentable comprar Leliqs que mantener abierta una fábrica), los tarifazos y los costos dolarizados con su consecuente inflación y, naturalmente, la caída del consumo en el mercado interno.

El punto neurálgico de la Reforma es la eliminación de las antiguas indemnizaciones, y su reemplazo por un “Fondo de cese laboral” con aportes de los empresarios y el Estado para que despedir sea más ágil. La letra chica del proyecto de ley dice que quedarían excluidos de la base salarial considerada para calcular lo que le corresponderá al trabajador despedido: el aguinaldo, las horas extras y las bonificaciones.

Se implementará bancos de hora (desaparece la jornada laboral de 8 horas y el pago por horas extras) y un blanqueo sin sanción y con condonación de deuda para aquellos que registren a los trabajadores en el corto plazo.

Lo que está en peligro es el reconocimiento del trabajo como derecho, y no como mercancía. El contrato de trabajo pasaría a ser considerado como una relación de cooperación y no, como lo que realmente es, una relación asimétrica en dónde el trabajador se encuentra en desventaja respecto del capital. No reconocer esa situación asimétrica significa ponerse del lado del más fuerte. No podemos ingresar al mundo retrocediendo y volver a un debate saldado hace ya más de 70 años.

Esto se juega el pueblo argentino en las elecciones, entre otras cosas. El futuro de las relaciones laborales en nuestro país se define, en gran parte, en las urnas este domingo. Habrá que esperar que el pueblo argentino se exprese soberanamente para sacar más conclusiones.

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