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Soros contra China: Liberalismo y Progresismo del capital financiero

George Soros financió a Hillary Clinton en la última campaña presidencial, y al Partido Demócrata de los Estados Unidos desde hace años. La Clinton representaba a los grandes bancos y los grandes medios masivos de comunicación frente a la gran industria manifestada a través de Trump. El especulador de origen húngaro, emigrado a Inglaterra y radicado en los Estados Unidos apoyó como toda la vida al sector financiero del que forma parte como socio relativamente menor.

En la interna del capital financiero mundial, el magnate, “filántropo” y filósofo económico se posicionó del mismo lado que Mauricio Macri, o sea, junto a los grandes bancos. Eso nos dice mucho sobre las complejas relaciones internas en el seno de la alta burguesía internacional y los vínculos con las oligarquías de los países semicoloniales. La complejidad de esa realidad deja atrás el esquematismo (funcional a la derecha) de ciertos bobos que repetían cosas como “Scioli y Macri son los mismo”.

El equívoco con Soros es que, como Bill Gates, son llamados por los trogloditas estilo “Tea Party” como los “liberales comunistas”: son filantrópos (de la tradición de sir James de Rothschild) que financian todas las causas a lo Lisa Simpson. Por medio de las fundaciones colonizan políticamente, y por ende, culturalmente, el debate y la vida pública de las sociedades imponiendo la temática del progresismo liberal.

En realidad, son como una “izquierda” dentro del sector financiero, que cumple funciones análogas a las de la pequeña nobleza descontenta en el Antiguo Régimen en la vieja Europa prerrevolucionaria. Pero ¿por qué? Nada más simple: como expresión del sector más globalizado y “audaz” de las finanzas (los fondos de cobertura) generalmente aliado a las grandes empresas de alta tecnología enfrentadas los “gigantes de la industria” más tradicionales (complejo militar industrial petrolero), el progresismo liberal financiero aborrece de la creación histórica burguesa más perdurable: el Estado moderno, al que quieren dejar atrás como una reliquia que sirvió para la era del ferrocarril, el petrólero y la gran industria, pero que resulta “anacrónico” en la era del chip y de las finanzas globales.

Por lo tanto, aborrecen los controles, límites y fronteras de los Estados grandes y poderosos, como Estados Unidos, Francia e Inglaterra. No en vano Soros es conocido como el hombre que “quebró al Banco de Inglaterra” (lo que no deja de ser simpático). Por ello se odian a muerte con sus socios industriales y petroleros a los que están unidos desde la era del nacimiento del imperialismo y el surgimiento del capital financiero. Sin embargo, comparten los frutos de la explotación de los recursos y la renta de los países coloniales y semicoloniales. En ese sentido, la defensa de nuestros Estados se vuelve crucial para la democracia nacional y popular latinoamericana.

Así como los enemigos del proyecto “cosmopolita” de los bancos en la Vieja Europa y en Estados Unidos adoptan un lenguaje cavernario, semifascista, racista,, antiinmigrantorio y brutal, quedando fácilmente catalogados como “populistas de derecha” (Trump, Orban, M. Le Pen, los ingleses del Brexit, el gobierno polaco, etc.), los amigos de Soros o Billy Gates encabezan el progresismo bien pensante, educado y presentable. Democracia, transparencia, ecología, derechos humanos, minorías sexuales, inmigrantes, educación moderna y tecnológica, entre otros, son sus temas recurrentes. El punto central es su cosmpolitismo ultraliberal, que parece utópico pero en realidad es reaccionario, porque en el mundo sin fronteras de Soros no gobiernan los pueblos sino los bancos.

Y ese cosmopolismo reaccionario y deformante sostenido por el capital financiero es el molde de todos los progresismos suramericanos y su manía de excluir las causas de las gigantescas masas populares para concentrarse en los temas de las minorías, frecuentemente desde una óptica y con un aparato discursivo importado de Europa y Estados Unidos. Para tales progresistas es imposible en planteo nacional de la defensa del ambiente combinado con la necesaria industrialización, del feminismo popular o de la democracia movilizada en defensa de la soberanía nacional. Miran a nuestra América Latina y al mundo desde los lentes que les proporciona Mr. Soros, lo que es más cómodo que ser un nacionalista democrático latinoamericano o simplemente un antiimperialista.

Pero lo que Mr. Soros ni nadie había previsto es que tras el derrumbe de la Unión Soviética es que el capitalismo mundial iba a ingresar en una nueva crisis parecida a la de los años treinta en el año 2008 y que las siguientes dos décadas la primera economía del mundo sería la República Popular China. O sea, el resultado de la Tercera Revolución china que independizó a la China de la ocupación japonesa, sacó al país de la barbarie agraria y, tras la Revolución Cultural y la apertura al capital foráneo de 1976, el gigante asiático se convierte no sólo en el taller industrial del mundo, sino ahora en una potencia tecnológica y militar de primer orden.

El éxito del modelo chino se basa en la consigna “un país, dos sistemas”, o sea, la convivencia del capital privado y la propiedad estatal y social, dirigida desde el Estado siguiendo el interés nacional. O sea que, gracias al nacionalismo, el comunismo y la planificación, una pobre y humillada colonia se transforma en la primera potencia mundial del siglo XXI y hasta vaya a saber cuando…

A los 88 años, en el Foro de Davos, George Soros advirtió que el presidente chino Xi Xinping es “un peligro para la libertad” y que Beijing podría usar su desarrollo de la inteligencia artificial y del aprendizaje automático para consolidar el control totalitario en el país. Y tuvo un párrafo en la Rusia de Putin: “China no es el único régimen autoritario en el mundo, pero es el más rico, el más fuerte y el más avanzado tecnológicamente”.

Para el financista de las ONG antinacionales y exponente de la fuerza más genocida de la historia humana – el capital financiero- el verdadero peligro para la Humanidad es el presidente chino: “[la alta tecnología] convierte a Xi Jinping en el oponente más peligroso de las sociedades abiertas”. Y la crítica a Trump no es por genocida, sino por dispersar los esfuerzos y no centrarse en un único enemigo: “en lugar de librar una guerra comercial con prácticamente todo el mundo, Estados Unidos debería centrarse en China”.

Ahora las cosas quedan claras: a la democracia nacional y popular de la Revolución Bolivariana la respaldan Rusia y China. A la agresión extranjera, los bancos y los medios controlados por filósofos “amigos de la Humanidad” como Soros. De un lado, las naciones y pueblos semicoloniales que luchan por la libertad y necesitan alianzas con China; del otro, el imperialismo estadounidense y europeo. El progresismo liberal se revela, sin disfraz, como un instrumento al servicio de las potencias genocidas de Occidente que hoy ahogan a Venezuela, pero quieren la desintegración latinoamericana y la destrucción de cualquier mecanismo nacional y popular de resistencia a la dictadura financiera. Soros es una de sus caras y su filantropía progresista, un presente envenenado para los pueblos.

Dr. Gabriel Delgado
Abogado y profesor.
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