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Tipo de cambio para una política económica nacional

El proceso electoral y la necesidad de discutir y llevar adelante un plan que nos salve de la hecatombe macrista, pone sobre la mesa uno de los temas más importantes de la economía: el tipo de cambio.

Un sector, el de los grandes exportadores de alimentos y materias primas, dicen que un tipo de cambio alto (dólar caro) permite el aumento de las exportaciones y con ello la obtención de divisas. Otro, el de aquellos vinculados al mundo de las finanzas dicen que lo necesario es un tipo de cambio bajo y estable que permita el negocio de la especulación y la posterior transferencia de renta. De estos dos grandes sectores proviene Macri y todo su gabinete, y entre estas opciones ha pendulado su política económica.

Ahora bien: ¿cuál puede ser el tipo de cambio que necesita una política económica nacional que permita el desarrollo productivo con crecimiento del mercado interno y del trabajo?

El tipo de cambio hace referencia a la posibilidad de cambiar una moneda por otra en el marco del comercio internacional.

“Tipo de cambio” a secas refiere al cambio nominal, es decir, la cantidad de moneda local que hay que entregar para obtener una moneda extranjera. Si el tipo de cambio entre el peso y otra moneda aumenta, significa que el peso está desvalorizado o depreciado y está valorizado si es en sentido contrario. El tipo de cambio “real” es la relación por la que se pueden intercambiar los bienes y servicios de un Estado por los de otro. Mediante ese indicador podemos medir el tipo de cambio en relación con la inflación.

El tipo de cambio nominal en la Argentina hoy ronda los $60 en relación al dólar, mientras que el tipo de cambio real está depreciado considerando que la inflación interanual es del 57,3%.

La teoría dice que al depreciarse la moneda, aumentan las exportaciones y con ello la mayor disponibilidad de divisas del Estado exportador. Eso es parcialmente cierto. Sin embargo, los grandes exportadores o bien no liquidan divisas o bien, cuando lo hacen, dejan una pequeña parte en el país mientras que la porción mayoritaria va al exterior.

Si un gobierno decidiera solamente aumentar el tipo de cambio debería considerar, primero, que los exportadores de alimentos buscan equiparar las ganancias que obtienen de la venta de sus producciones en el interior del país, a las que obtienen vendiendo en el exterior, encareciendo los precios locales; y que, en un economía tan extranjerizada como la argentina, el aumento en el tipo de cambio se traslada al precio de todos los bienes y servicios.

Otra alternativa podría ser la de mantener un tipo de cambio bajo, que es pedido por los especuladores de las finanzas: Si el negocio consiste en traer dólares, especular en pesos y luego cambiar esos pesos a dólares para sacarlos del país nuevamente, necesitan que el dólar no sea “caro”.

Esa medida, traería otras consecuencias: el dólar barato destruye la industria nacional ya que invade el mercado con bienes importados a bajo costo. Segundo, que tanto la importación como la especulación de las finanzas, requiere de dólares que el Estado debe proveer. Eso implica el endeudamiento a fín de abastecer esa demanda. La nefasta experiencia del tipo de cambio fijo del $1 a U$S1, ilustra lo dicho.

¿Qué hizo el gobierno de Macri?

Primero determinó un tipo de cambio de flotación administrada: el Estado intervenía en el mercado de divisas mediante la compra o venta de dólares “direccionando” el tipo de cambio, según las exigencias de los dos principales sectores de poder económico mencionados. Al mismo tiempo, eliminó barreras a la salida de capitales del país. La sumatoria de ambas determinó el rápido endeudamiento externo y el aumento sideral de la transferencia de renta nacional al exterior.

Luego, establecieron un sistema mixto de paridad dentro de bandas o límites de fluctuación. Estas bandas indican el valor máximo y mínimo al cual el dólar puede llegar, cuando se excede interviene el Estado.

Esto fue condición para que la especulación de las finanzas en nuestro país fuera la más rentable del mundo. Así se emitieron bonos en pesos con altas tasas de interés, que son el precio del dinero. El funcionamiento es sencillo: el alto interés de la moneda local y el bajo a nivel internacional, atrajo inversores extranjeros que cambiaron sus dólares a pesos. El negocio se cocina en los bancos a partir de distintas operaciones, por ejemplo, plazos fijos: se depositan pesos, se espera pacientemente el cumplimiento del plazo, y se retira el capital más el 60% aproximadamente de intereses. Ahora bien: cada vez que un plazo fijo vencía su depositario podía o retirar los pesos, convertirlos a dólares y llevárselos nuevamente o bien, volver a depositarlos con tasas de interés cada vez más altas. Si la opción es la primera, Macri se metía en un brete ya que existe el equivalente a U$S29,000 millones en Leliq emitidos, más U$S 17,800 en concepto de intereses anualizados. La bomba explota. En su lugar, Macri dejó crecer la burbuja. El resultado se presenta como dólar y pesos caros.

¿Para quienes son “caros” los pesos?

Para los argentinos que no especulan en la timba financiera. Por eso, pedir un préstamo para desarrollar cualquier emprendimiento es poco más que una utopía, y más teniendo en consideración que mientras aumenta el precio de todos los bienes y servicios, hay uno que se mantiene estable que es el de la fuerza de trabajo.

Frente a esto ¿qué hacer? La experiencia histórica argentina y la observación del manejo de estos asuntos por otros Estados, permite pensar algunas alternativas que ponen al Estado como director de una política económica en beneficio de la producción nacional, el desarrollo de la ciencia y la tecnología en conveniencia de ésta, el aumento de la inversión y el mejoramiento del trabajo.

El tipo de cambio alto para obtener divisas de las exportaciones es útil, pero además es necesario teniendo en consideración que Macri deja compromisos de deuda para el próximo gobierno por U$S 160,000 millones. Ahora bien, necesitamos que el Estado regule el comercio exterior garantizando que las divisas obtenidas por exportaciones ingrese al país. Inútil e innecesario es restringir la compra de dólares a trabajadores o jubilados que han ahorrado, si los grandes tenedores tienen vía libre para transferirlos al exterior.

Además debemos considerar el control minucioso y la regulación del comercio interno evitando la equiparación de precios locales a los de exportación e impidiendo que la cadena de producción y comercialización de bienes y servicios se siga consolidando en manos de monopolios y oligopolios.

Pueden establecerse otros tipos de cambio para la importación, haciendo totalmente accesible la tenencia de divisas para todo lo que se requiere a fin de desarrollar nuestras industrias subiéndonos al tren de los avances tecnológicos y científicos para lo cual el Estado debe convertirse en el principal inversor, generando una paulatina sustitución de importaciones.

También ´podemos volver a tener pesos baratos, bajando las tasas de interés, otorgando créditos productivos con las suficientes facilidades para que nuestros empresarios nacionales puedan volver al desarrollo de la producción.

No es ésta la lógica que guía al negocio especulativo de las finanzas, pero es quizás, una opción para trazar una política económica nacional y soberana que el próximo gobierno pueda encarar incluyendo a todas y todos.

Dra. Noelia Navarro
Abogada. Docente
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